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Políticos, intereses y mediocridad

Nuestra entrada en la UE, hace cerca de treinta años, fue celebrada en aquel momento con bombos y platillos. Y no era de extrañar,  después de tantos años de aislamiento –algunas veces voluntario y otras impuesto– volvíamos a Europa.
Aunque ahora estemos pagando un alto precio –en parte por la irresponsabilidad de la clase política– hay que reconocer que gracias a Europa se pudieron construir miles de kilómetros de autovías, autopistas y líneas de AVE. En materia de infraestructuras se dio un gran salto, tanto desde el punto de vista cualitativo como cuantitativo. De tener un país con carreteras tercermundistas se pasó a las de un país desarrollado. Es obvio que sin la ayuda europea nada de eso hubiera sido posible.
Es fundamental poseer unas buenas infraestructuras, sin ellas no hay  avance posible. Pero aquí se hicieron despilfarros masivos en obra pública. Algunos  incluso de juzgado de guardia. Si parte de esos recursos se hubieran invertido en I+D+i nuestra situación a día de hoy hubiera sido muy diferente. Pero no fue así.
Nuestra carpetovetónica clase política se dedicó a malgastar los dineros en programas y proyectos sin sentido, algunos parecían salidos de un módulo psiquiátrico.
Pero en esos tiempos tal locura se traducía en votos, puesto que proporcionaba a los ciudadanos la falsa sensación de riqueza. Además, éstos tenían la percepción –falsa también– de que los políticos estaban haciendo una magnífica gestión. Era una especie de embriaguez colectiva, lo cual demuestra que todos, en mayor o menor grado, fuimos responsables del desastre ibérico.  
Hoy, con el Bismarck europeo gravemente tocado en su línea de flotación, las esperanzas de salir adelante no son muy halagüeñas. El PP y el PSOE hicieron un “pacto” para hacer un frente común –o eso dicen ellos– de cara a Europa. Sin embargo, uno cavila que se trata de un golpe de efecto cara al electorado, pues están viendo que otros partidos, los llamados emergentes (IU, UPyD, etc.), están recogiendo el descontento popular y la frustración general. Y eso amenaza con acabar con treinta años de bipartidismo. Digamos que esa sería la razón principal, pues tanto la dirigencia del PP como la del PSOE saben que el pacto no sirve para nada.
Los partidos tradicionales están totalmente comprometidos con el mundo financiero, por consiguiente, saben que no podrán hacer nada frente a las políticas neoliberales de Bruselas. Y esa es una realidad objetiva. Con lo cual, mientras no se hagan políticas verticales contra esos casinos financieros, cualquier pacto al respecto será una tomadura de pelo a los ciudadanos.
La ineficiencia de las instituciones europeas es de tal calado, que en todo el tiempo que llevamos de crisis no han resuelto nada. En todo caso agravar la situación. En Bruselas ni siquiera han sido capaces de crear una agencia de rating europea. Sólo crearon la Economist Intelligence Unit (EIU), que es un híbrido que pertenece a un grupo influyente británico (¡imagínense!). Sin embargo, Beijing ha creado ya su propia agencia crediticia, la inauguró hace unos días. La Dagong, en consorcio con la rusa RusRating  y la estadounidense Egan-Jones, creó el Universal Credit Rating Group (UCRG). Su sede social está en Hong Kong y parece que pronto empezará a desafiar a Standar & Poors, Moody y Fitch. Además, unos de sus objetivos es construir nuevos criterios internacionales de valoración.
Mucha gente se pregunta las razones por las cuales la UE, una de las regiones más desarrolladas del planeta, no es capaz de salir de esta crisis. Es obvio que la incompetencia de sus políticos, aparte de otras variables, tiene mucho que ver en ello.
A Europa le quedan dos caminos posibles: terminar su construcción lo antes posible, convirtiéndose en una federación. O empezar a desandar lo andado, digamos su deconstrucción. La crisis la llevó a un punto en el cual ya no quedan espacios para caminos intermedios. Además, tal y como está planteada la actual situación se está convirtiendo en una gran trampa, por no decir su ruina, para muchos países. Sobre todo para los mediterráneos.