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Camina frente a las cámaras con la discreción de cualquier ciudadano anónimo que acude cada mañana a su trabajo. No las evita con artimañas de estrellas de cine; coches fugaces y cristales tintados. Tampoco las busca, por supuesto. La notoriedad se la deja a otros. Más dispuestos al posado y a la espectacularidad de los registros de madrugada. Responde a los saludos y evita las preguntas. A veces con una media sonrisa. Casi divertido con las mil fórmulas que inventan los periodistas para intentar arrancarle una declaración.
Hace su trabajo. Que es la mejor fórmula para reconciliarnos con un sistema que por momentos creemos podrido. O incapaz. El juez Castro tiene en su mano la clave para defender las instituciones: demostrar que funcionan. Un caso en boca de todo el país es el escaparate perfecto. Sin caer en la publicidad fácil, sin estridencias, egocentrismos o golpes de efecto con más valor mediático que judicial. Solo muestras de competencia, responsabilidad y sentido común. Constantes diligencias y resoluciones que manifiestan la implicación en la causa. De la que no huye, por más vértigo que produzca acercarse al jefe de Estado. Manteniendo el equilibrio entre mantenerse firme en la creencia de que la infanta Cristina no es una esposa ignorante de los negocios de su marido y preservar su presunción de inocencia.
Muchos creímos que no iba a dar el paso. El descrédito de la justicia nos animaba a dar por seguro que lo que parecía intocable iba a seguir siéndolo. Y eso que lo poco que sabíamos de Castro hacía suponer que no le tiembla el pulso ante las decisiones difíciles. La fianza a Jaume Matas, histórica por su cuantía, era un indicio. Pero de la presidencia autonómica a la Familia Real hay un abismo. Salvable, ahora lo sabemos.
El juez que se atrevió a romper esa aura reverencial con la que se ha rodeado tradicionalmente al entorno del rey no parece actuar movido por el populismo. Y eso que son muchas las manos que se frotan creyendo que asistimos al golpe de gracia de la monarquía. Es fácil confundir a la persona con la institución. A pesar de que la infanta y la forma de gobierno son independientes. Castro, insisto, hace su trabajo. Que es imponerse al temor por la identidad de un testigo y perseguir el delito. Abriendo la puerta a que volvamos a confiar en la justicia.