SIETE PSICÓPATAS
El mayor problema de Siete psicópatas es ser una película que quiere caer bien. Con un reparto de lujo y un guión que deja libertad a tal elenco para sentirse cómodo y emborracharse de interpretación, las piezas se colocan sobre el tablero para que tanto los que están ante la cámara como los que se sientan en las butacas disfruten. El género elegido también ayuda. Un cine negro de tono jocoso post-tarantiniano que ya no hace hincapié tanto en reírse del salvajismo (que conste, salvajismo hay) como en plantear un argumento más sereno que permita hablar a sus personajes con un tono más humano que el que encontramos en la obra del eterno enfant terrible del cine americano. Y todo esto es un problema porque esa sensación agradable, de entretenimiento sin compromiso y falta de nervio en la dirección, permanece durante todo el visionado. Al contrario que en la menos buena de las películas de Tarantino (tal vez, Death Proof), donde el genio, la chispa, la pasión por narrar se percibe en cada plano, en Siete Psicópatas de Martin McDonagh solo se pretende pasar el rato de manera bastante inocente y, lo que más duele, estereotipada. Para una película donde los personajes se pasan todo el metraje cuestionando los tópicos del cine de acción ultraviolento, en la que los juegos con la cuarta pared son constantes -Siete Psicópatas es también el libreto que se encuentra escribiendo el guionista borracho e irlandés al que interpreta Colin Farrell-, el desarrollo de la historia y el retrato de quienes la habitan cae constantemente en lo mil veces visto.
Decíamos que la ausencia de genio en Siete Psicópatas permanece durante todo el visionado. Habría que poner un casi. Mejor dicho, dos. Dos momentos mágicos, en otra esfera de calidad, intención y sutileza que protagoniza Christopher Walken, ese actor de aparente gelidez alienígena que sigue demostrando, en el ocaso de su carrera, cuánta hondura es capaz de transmitir desde la sobriedad. Que la película en la que suceden estos dos momentos mágicos no sepa reconocerlos como tales y elevarse a su altura es una verdadera lástima.
