DOBLE RASERO
La política del doble rasero está en plena forma, quizá hoy más que nunca. Pero para explicar el presente es necesario recordar el pasado, de otra manera sería imposible entender la hipocresía que se esconde detrás de la diplomacia. Con frecuencia se habla de soberanía, de que se deben respetar los Estados y sus fronteras, pero son solamente palabras, vocablos inconexos.
Las conspiraciones y los complots para dividir sociedades, derribar gobiernos, organizar guerras, son tan antiguos como la historia humana. Sin embargo, en la época moderna apareció la “realpolitik”, término acuñado por Otto von Bismarck que intentaba establecer el equilibrio de poderes –aunque después resultó ser un fracaso– para construir la paz.
Más tarde el concepto fue desechado para ser sustituido por la “weltpolitik”, impuesta por el emperador Guillermo II. Un concepto más agresivo de entender la política, que era el de subyugar al vecino, de aplastarlo, lo cual condujo a la Primera Guerra Mundial. Sin duda, esta última visión es la que perdura hasta hoy.
A finales del siglo XX los intereses geopolíticos incendiaron, intencionadamente, los Balcanes; nadie en Europa tenía interés en preservar la unidad de Yugoeslavia. Había que –aprovechando la “debilidad” rusa del momento– desintegrarla a como diera lugar.
No contentos con ello decidieron más tarde ajustar cuentas históricas con Serbia, arrancándole ilegalmente la provincia de Kosovo.
Curiosamente, Alemania fue el país que más interés puso en la “disección” de la antigua Yugoslavia. Sin embargo, la señora Merkel, en un acto de redomada hipocresía y cinismo, dice que las fronteras de Ucrania deben ser inviolables, que hay que respetar su soberanía (¡a buenas horas mangas verdes!). Se olvida lo que hizo su querida Alemania en los Balcanes, que fue uno de los primeros países en reconocer a Croacia.
También se olvida que unos años después su país participó en la operación militar que consumó la “comedia” kosovar. La mayoría de los países de la UE, menos España, reconocieron enseguida la independencia de Kosovo. Si el gobierno de Aznar no la reconoció, no fue porque respetara precisamente la soberanía serbia, sino porque pensaba en las implicaciones jurídicas que podía tener de cara a los nacionalismos ibéricos.
A veces resultan chocantes, por utilizar una palabra suave, la clase de valores que defienden en Europa. Algunos de los “demócratas” que gobiernan hoy en Kosovo, aunque en los medios no se hable del asunto, fueron acusados de traficar con órganos humanos durante la guerra.
El investigador suizo del Consejo de Europa, Dick Mary, estuvo llevando a cabo indagaciones sobre este escabroso asunto, sin embargo, el caso fue cerrado.
No hay que ser adivino para darse cuenta de las presiones que pudo haber detrás. En Bruselas siempre ponen gran esmero en tapar la mugre, en encubrir lo fétido, lo infecto, sobre todo si daña la imagen que intentan vender. Son los mismos que apoyaron sin remilgos el golpe de estado en Kiev.
Para la EU fue ilegal el referéndum celebrado en Crimea, sin embargo, posee la misma “legitimidad” que el que bendijo en su día para Kosovo. O el que celebró la Gran Bretaña en las Malvinas.
Eso demuestra que las normas y los principios son mutables, maleables, cambiables, que sólo se respetan cuando coinciden con ciertos intereses.
Obviamente, esa clase de política conduce a contradicciones insalvables, sobre todo a grandes desautorizaciones morales, que son aprovechadas por el presidente ruso, Vladimir Putin, para restregárselas a la cara a sus homólogos occidentales.
Así funcionan los contrasentidos en la política, que a primera vista parecen absurdos, sin embargo, tienen un fin no tan absurdo o contradictorio.
No hay que olvidar que los grandes intereses no tienen principios inmutables, son cambiantes, lo cual demuestra que no existen. Son como los principios de Marx, los de Groucho claro, se cambian o se modifican cuando los intereses cambian. Todo eso se hace a espaladas de los ciudadanos. Y lo peor, se hace en nombre de la democracia.
