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Al salir del trabajo y notar frío, Miguel subió la cremallera de la zamarra, metió las manos en los bolsillos y echó a andar. A la altura del café Beirut, se sorprendió al observar que cuatro coches y dos furgones de la Policía Local tenían las luces de emergencia y seguridad encendidas. La idea de una redada antidroga, asesinato o atraco pasó veloz por su mente.

A medida que se iba acercando, la vista le ofreció la escena real de lo que sucedía. Los policías, libretas y bolígrafos en mano, anotaban las matrículas que veían de los coches aparcados a lo largo del paseo. El botellón, ante el grito de alarma, se descompuso en un segundo. Carreras de un lado a otro. Cada cual buscó su coche y lo alejó de los ojos de la Policía. «No era una emergencia que exigiese tal despliegue». «Como si Hacienda hubiera mudado de logotipo y se cebaba en un débil colectivo social, la juventud», pensó Miguel.