ESCRITURA
A veces me pregunto por qué escribo. Otras veces, quisiera saber por qué sufro al dejar de hacerlo. Es extraño vivir de esta manera, haciendo recuentos irregulares de los acontecimientos casuales de una vida sin importancia. Sea como fuere, escribo, desde la obligación, desde la sorpresa, desde la redención, desde la alegría, desde la tristeza, desde el cansancio cada vez más inevitable de quien va perdiendo también la juventud sin dejar de recordarla. Escribo porque al hacerlo sé que estoy vivo, que hay vida a mi alrededor, que el ánima de las cosas me atraviesa aún y me acoge y me acepta y me llama desde la diversidad del mundo y de sus dones. Por más trágica que me parezca a veces la existencia, el escribir sobre ella me hace recordar que no hay nada más maravilloso.
Creo que los seres humanos hemos idos perdiendo poco a poco el hilo de esta extraña e íntima narración. Nos hemos llenado de ruido, de responsabilidades espurias y de tristes rutinas. Hoy pareciera que la vida en muchas de las sociedades que conocemos se hubiera transformado en una lucha a muerte por la salvaguarda mental. Combatir la desesperación psicológica es la nueva divisa del mundo que consume su propio hastío, tal vez su muerte.
¿Quién puede pensar en su vida con la tranquilidad de un sabio? Nuestras sociedades no quieren sabios. Ellas solo demandan emprendedores, consumidores y suicidas. Ellas ni siquiera aceptan el gesto radical del artista que no logra hacerse sabio. Ellas quieren creadores a los que no les duele lo creado. Pero, ¿qué parto puede ser ese? ¿Qué alumbramiento puede vivir de espaldas a su sombra?
No puedo responder con exactitud a la pregunta de por qué escribo, pero sé que me he ido apartando de esa pedantería otrora tan practicada de hablar –o escribir– solo por citar y por mostrar los conocimientos adquiridos. ¡Qué absurda costumbre la de encabalgar nombres y frases y pensamientos ajenos sin más fin que el de una frivolidad más o menos erudita que pueda dejar a los demás sin defensa! Pienso en ello y me embarga un silencioso rubor.
¿Cómo puede olvidar así un hombre que él habrá de morir un día? ¿Qué tan grande se puede sentir alguien cuya vida es el resultado de un proceso tan azaroso y único como el de cualquier otro hombre? Nos sentimos gigantes porque olvidamos a menudo nuestra intrascendencia y, al hacerlo, nos hacemos esclavos de la arrogancia y de las obligaciones que esta nos impone. Al imponernos la distinción dejamos de caminar hacia la libertad, la cual solo adviene cuando logramos hablar con una palabra propia.
Algunos amigos me han dicho que en ocasiones escribo con oscuridad. Ya lo he dicho antes: no creo en un alumbramiento que no roce la tiniebla. En la penumbra late el dolor de la luz y entre esa penumbra y ese dolor iluminado se eleva la vida, se adensa, se hace algo tan tangible como lo que alcanzan las manos. Puede que mis amigos tengan razón, pero esa oscuridad con la que a veces escribo es la forma que siento mía a la hora de expresar ciertos aspectos que no admiten fácil traducción. Pero, al menos, es mía y en esa porción de libertad ganada bajo palabra encuentro el espacio donde la vida se hace respirable, enigmática, sagrada. ¿Cómo podría conformarme con esa otra vida falsificada que me impone sus miserias de este otro lado de la existencia donde todo parece haber sido ya ordenado de manera tan injusta? No me gusta el mundo que veo fuera, ese mundo silencioso, resignado a su complicidad con el crimen, ese mundo cobarde, ese mundo de jornada laboral y programa de televisión nocturno, ese mundo cínico de moralidad en venta. Yo, que no soy mejor que cualquier otro hombre, prefiero al menos un mundo donde la penumbra de cada cual sea reconocida y redimida en ese lugar propio donde las palabras se vuelven también una manera de pedir perdón por los errores. Todo hombre tiene derecho a hacerse mejor en el doble real de su sueño.
¿Por qué escribo? Quizás escriba porque no soporto la idea de la muerte, porque no me acostumbro a esas noches terribles en las que me atormenta la idea de una noche eterna. Quizás escriba porque espero un milagro, sin saber muy bien cuál, o porque quisiera tener más fe de la que tengo y espero encontrarla escribiendo con un profundo sentimiento de religiosidad y de despojamiento.
