EL TERCER DÍA
Una vez superado el ecuador del evento la poesía, el verso, el día después, la lluvia y el viento se pusieron al fin de acuerdo. Recuperándonos de la noche anterior caminamos hacia el mercado de las casas baratas con gesto despreocupado y ritmo pausado. Como hacía casi un año que no veía a Tiago me encantó comprobar que seguíamos con vida él y yo, los dos, y que podíamos seguir soltando versos y caminando sin mayor preocupación que el viento contra el chapeu del lisboeta. En Recimil esperaban los Karlotti, Díez y demás familia, los jóvenes y los viejos, y nada más llegar al mercado comprobamos que un año más la gente de los puestos de flores y pescados, los de la taberna y los vecinos de la zona estaban encantados. Abrieron la jornada los Estevos, los que repiten por buenos y los que acaban de llegar de Boiro y de no sé dónde. Al mediodía nadie era ya forastero y Karlotti se acercaba a la mesa en la que estábamos comiendo y me decía: ¿Lo has visto? Y yo le decía, sí, sí que lo he visto. ¿A que es estupendo? Claro que lo es, Karlotti, por supuesto. En el Ateneo pudimos disfrutar de un poco de Keaton y un poco de Chaplin y de todo eso que se dice sin palabras y que también es poesía de la grande. Por si no éramos pocos al mediodía luego llegaron los refuerzos de Olalla Cociña y Marcos Lorenzo y en la Plaza de Armas la simbiosis dio sus frutos y la música acompañó con mucho acierto los versos que salían golpe a golpe de gargantas más o menos instruídas en el arte de ver el norte y la isla en el horizonte. Contagiados todos por esto nos fuimos todos, los de Compostela, Portugal, Fisterra, Alemania y alrededores a poner fin a una jornada sobrada a Carteles, como si todavía estuviese Juan allí poniendo copas con mi hermana, como si fuese toda una vida una semana, como si uno fuese capaz de escribir a golpes, a besos, a miradas, como si el corazón fuese como la nevera de un bar, que da calor y suena hasta que para. Y así, al final de otra jornada, todos teníamos el corazón en un puño, la palabra encarnada, y una mirada que sí era de este mundo. El tercer día no pensábamos en esto, pero a la noche algunos pensamos que esto acabaría mañana, pero nos callamos la boca, suspiramos un poco y dijimos otra vez hasta mañana.
