Mi cuenta

Las notificaciones están bloqueadas. ¿Cómo desbloquear?

P ara Carmelo, pasados cinco años. Últimamente, Carmelo amigo, una palabra me ronda, insistente, la cabeza: inminencia. Es como si, de repente, hubiésemos pasado, de vivir una rutina más o menos problemática, a vernos instalados en un tiempo de Historia con mayúscula. Aquí llegados, tiene que pasar algo… Y peor para todos nosotros si no pasa… En este circo romano, esta plaza de toros, en que nos han instalado (para ser toreados, para ser arrojados a las fieras), le hemos visto ya… qué digo las orejas… las vergüenzas al lobo. Hay uno en cada esquina, abriéndose de gabardina por que podamos contemplar sus ruindades y miserias… Una monarquía reinante que no sabe, o no puede, extirpar sus gangrenas; la corrupción, señora y ama, madama en un burdel político de alto standing, hoy campando –aquí no pasa nada– en la Derecha, sin que nadie se sienta en la obligación moral (¿qué será eso…?) de dimitir u obligar a dimitir a lo peor de cada casa; una Izquierda que parece haber olvidado –y ya es poca memoria– que la unión es la base y la razón de su credo y de su fuerza, por cultivar egos y egolatrías al servicio redondo de su ombligo…

Mientras tanto, un nuevo terrorismo –la ley de los mercados–, dinamita escuelas, institutos, hospitales, palacios de Justicia, parlamentos… ¿Qué educación, qué ración cuartelera de esperanza en el futuro van a recibir nuestros hijos si, ni siquiera, va a estar al alcance de los ciudadanos (de nosotros: sus padres, sus abuelos) el morirnos con un poco decencia…?

Tiene que pasar algo: éste es tiempo de Historia, compañero Teixeiro. Me preocupa –podría escribir “me angustia”– este campo abonado para las “soluciones traumáticas”; esas campañas en Do sostenido mayor que hablan del fracaso del Sistema Democrático como garante de que pueda solucionarse tanto entuerto; lo que ello implica, no se verbaliza: la llegada del líder salvador que nos ofrezca, a cambio de renunciar a nuestros derechos y libertades, extirpar los males de la patria…

Y entonces, Carmelo amigo, tengo miedo por todos nosotros.