TRANSICIÓN
Con alguna frecuencia, unos y otros traen a colación, con ocasión de las más variadas cuestiones políticas, los años de la transición. Para unos, para rememorarlos y recuperar el ambiente de aquel tiempo. Para otros, sencillamente para impugnar ese período de tiempo de nuestra historia. Ahora, en el marco de una profunda crisis política y económica sin precedentes, se vuelve la mirada a aquella época de nuestra reciente historia en la búsqueda de un acuerdo de todos y para todos con el fin de salir adelante en medio de tantas turbulencias. Si tuviéramos la oportunidad de preguntar precisamente al primer presidente del gobierno de esos años, los años de la transición política, nos diría que fueron años difíciles, pero años no exentos de ilusión y de pasión por la instauración del régimen político de libertades que encontraría en la Constitución de 1978 su principal señal de identidad.
Adolfo Suárez recuerda en su prólogo que durante los años de la transición era menester “arrojar por la borda el complejo de inferioridad y el miedo que en el inconsciente colectivo había creado una terrible y cruel guerra civil y cuarenta años de gobierno autoritario que mantenía a toda costa, como referencia vital permanente, la división entre los españoles y su confrontación ineluctable”. Pues bien, treinta y cuatro años después (2012), resulta que el entendimiento y el espíritu de acuerdo brillan por su ausencia entre los principales dirigentes políticos. Entonces, 1976, Adolfo Suárez, así lo afirma, se aplicó a la tarea de “superar el mito de las dos Españas, siempre enemigas y permanentemente enfrentadas”. Para ello tuvo claro, muy claro, algo que hoy algunos lo han olvidado: que “en la realidad sólo existe una España. La España de todos, con las diversidades a las que había que dar cauce, con sus problemas, que debían solucionarse, pero que era –y es– sobre todo una obra común, un proyecto integrador que, entre todos, debíamos construir. Para ello todos debíamos aceptar nuestra historia, con sus aciertos y sus errores. Para aprender de los primeros y evitar los segundos”.
Una de las claves del éxito de esa gran operación de concordia que fue la transición la explica el propio Suárez en el prólogo que estoy glosando en el artículo de hoy: “no debíamos permanecer más tiempo buscando a los culpables de nuestro errores históricos. Todos los españoles, de alguna manera, éramos responsables de los mismos. Lo importante era dar el salto hacia delante e instalarnos en el futuro como una democracia avanzada, basada en la divinidad de la persona humana y sus derechos”.
Hoy, sin embargo, cuánto echamos de menos políticas de entendimiento, de búsqueda de puntos de acuerdo, de concordia.
En fin, en este ambiente de crisis general en el que entendimiento parece complicado, es conveniente reproducir las palabras de un hombre que se dejó la vida por la reconciliación y el entendimiento entre los españoles.
Jaime Rodríguez-Arana es
catedrático de Derecho Administrativo
