SEPARATISMOS
Vale la pena volver a leer el último ensayo que escribió en 1934, poco antes de su muerte, don Santiago Ramón y Cajal. Se trata del libro titulado “El mundo visto a los ochenta años. Impresiones de un arteriosclerótico”. Lejos de ser la obra de un hombre enfermo y acabado, se trata de un conjunto de reflexiones de extraordinario interés y profundidad; incluso me atrevería a decir que de actualidad. Sus enseñanzas y consideraciones sobre distintos temas relacionados con la vida humana y con la situación de España en su época, la de la preguerra, están realizadas en plena lucidez. Avaladas además por su condición de sabio investigador y premio Nobel de Medicina, cuyos descubrimientos en el campo de los procesos cognitivos y neuronales son de todos conocidos por su trascendencia.
En el capítulo dedicado a la política, después de abordar otros temas relacionados con la salud, las costumbres y el progreso, se fija sobre todo en “los efectos deprimentes del hundimiento colonial del 98”, la famosa guerra de Cuba, que él vivió de forma directa y traumática. Entre esos efectos el que mayor preocupación le merecía eran las amenazas veladas o explícitas de separatismo, junto a la ingratitud y odio de determinadas regiones españolas con respecto a otras, de cuya generosidad histórica se habían beneficiado.
Frente a ese problema y otros no menos graves que aborda, y que le llegaron a hacer entrever la amenaza inmediata de una guerra que no tardaría en estallar, don Santiago propugnaba una política de industrialización justa, equilibrada y solidaria en todos los territorios españoles. Pero sobre todo pedía sensatez, para no “llegar a situaciones de violencia y de desmembración fatales para todos”.
Aun así y conociendo los prejuicios seculares y, sobre todo, el envenenamiento ideológico que venían sufriendo algunos pueblos hispánicos desde el desastre del 98, llegaba a ponerse en lo peor y hablaba de balcanización, que de ser irreversible debería de ser pacífica. Bien es verdad que el amor a España, el aprecio de sus gentes, el conocimiento de su historia y la preocupación por su porvenir, sobresalen en la obra del sabio investigador frente al desasosiego y la desesperanza. Por eso, a pesar del sinsentido e incapacidad histórica de nuestros gobernantes, Ramón y Cajal que había vivido “entre las ignominias del cantonalismo de 1873 y la revolución con miras autonomistas de 1931”, soñaba con “el milagro de galvanizar el corazón descorazonado de nuestro pueblo”. Aunque por suerte para él no tuvo que llegar a ver la tragedia fratricida de 1936 ni la deriva independentista que algunos quieren imponer en nuestros días.
