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¿PERO QUÉ INVENTO ES ESTO?

Trataba de avanzar entre un enjambre de micrófonos y flashes. “¿Pero qué pasa? ¿Pero qué invento es esto?”. Un desconcierto que sonaba tan fingido como era. Esta vez su actuación no convencía. Una famosa cualquiera intentando proteger una exclusiva. Esa escena del día de su quinta boda, melena caoba, gafas de sol y aire altanero, es una de las primeras que me vienen a la mente cuando se nombra a Sara Montiel. Ni rastro de Saritísima. De la diva. De la Marilyn morena.
Un personaje de esa farándula casposa de intimidades aireadas a golpe de chequera y concurso de extravagancias, feria de monstruos siliconados y estrellas reconvertidas en caricaturas. Carnaza para el público hambriento, tentado hace años con la intromisión en la vida ajena e incapaz ahora de consumir otra cosa que miserias. Da igual en montaje pueril que salidas de la boca de un antiguo amigo traidor.
En este circo no se respeta nada. Los artistas son monigotes que entretienen, los intelectuales se enzarzan en discusiones inimaginables con vividores sin asomo de cultura. Ni la edad ni el éxito resisten a la rueda del espectáculo, que aplasta en su constante movimiento cuanto se le pone por delante.
La primera actriz en conquistar Hollywood. Que abrió el camino a otros que ahora, cuando probar suerte al otro lado del Atlántico parece cuestión de comprar un billete de ida, inmortalizan sus manos en el paseo de la fama. La compañera de James Dean en la última instantánea de su vida. La protagonista de un beso con Gary Cooper que encandiló al público tanto como al actor. La india más bella de la historia del western. Que de vuelta a casa enamoró a una España gris con sus canciones susurradas y su aspecto de mujer inalcanzable. Intensa. Apasionada. La gran estrella de la que hablan los que peinan canas, ajenos a los últimos años de deriva en parodia paseada por los platós con escotes imposibles y maquillajes de cabaretera trasnochada.
Los que la recuerdan en su esplendor no la identifican con la señora extravangante que fuma puros –dicen que fue Hemingway quien le enseñó– y se enreda con cubanos ansiosos de fama. No la reconocen en esa renuncia a la dignidad. En la caída a los infiernos de la tertulia chabacana y el grito constante.
Y sin embargo es la misma. La de “Veracruz”. La eterna violetera. La de “El último cuplé”.
El glamour se rinde ante la vulgaridad generalizada. El ídolo es una marioneta. ¿Pero qué invento es esto?