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Tomás de Iriarte nos dejó relatos breves escritos con intención satírica e instructiva entre los que figura la fábula “Los dos conejos” que mientras discutían si sus perseguidores eran galgos o podencos “en esa disputa llegan los perros y pillan descuidados a mis dos conejos”.

Andan ahora los políticos discutiendo si los 100.000 millones venidos de Europa son galgos o podencos, si esos dineros son un préstamo en buenas condiciones para capitalizar a la banca, como sostiene el Gobierno, o si estamos ante un rescate en toda regla con consecuencias en la política económica en forma de más impuestos y más recortes.

Seguramente unos y otros llevan algo de razón, pero su discusión es una cuestión semántica, poco relevante. Lo realmente importante es que todos tienen su parte alícuota de culpa en que el treinta por cien del sistema financiero esté en condiciones tan lamentables. En 2008, países como Estados Unidos, Holanda, Alemania, Bélgica e Inglaterra inyectaron ingentes cantidades de recursos en sus bancos para limpiarlos de los activos tóxicos, capitalizarlos y rescatarlos de las infecciones contraídas por sus malas prácticas. Por contra aquí el gobierno de entonces presumía de tener el mejor sistema financiero del mundo sin que la oposición diera la voz de alarma. Es decir, nadie quiso enfrentarse a un problema financiero importante, que en aquel momento era más controlable. No se hicieron los deberes.

Ahora, cuatro años después, tras cuatro reformas financieras, un cambio de gobierno y el relevo de gobernador en el Banco de España aún seguimos sin saber cuál es el estado real de los balances de la banca española y cuánto nos va a costar sanear “el sistema financiero más sólido del mundo” y en esto todos tienen su ración de responsabilidad, aunque unos sean más responsables que otros.

Pero en este momento, en lugar de arrojarse culpabilidades y de discutir si recibimos un préstamo o somos rescatados harían mejor si, además de cortar la hemorragia que dejó el ladrillo en los balances de la banca, aunaran esfuerzos y aportaran ideas para sacar al país de la delicada situación en que se encuentra, que requiere del esfuerzo y la unión de todos.

La fábula de Iriarte concluye con la moraleja “los que por cuestiones de poca monta, como los conejos, dejan lo que importa, llévense este ejemplo”, el ejemplo de los conejos que, mientras discutían, acabaron en las garras de los perros. Como puede ocurrir aquí que mientras los políticos discuten si es un préstamo o somos rescatados, el país puede precipitarse hacia el abismo.