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Algo huele a podrido entre los muros de la catedral de Santiago. Las últimas informaciones apuntan perversiones y desvaríos sexuales de aquellos, que, puertas afuera, se les presumía dedicados a la vida contemplativa y espiritual, al servicio de Dios y de sus siervos. Todo, bajo la vigilancia de Santiago, el apóstol. Este, cuyo culto se pierde en los anales del tiempo. Este, que desde el año 813, bajo la protección del rey Alfonso II de Asturias, arrastró a los peregrinos al lugar de Compostela, convertida en un centro de peregrinación.

Muchos son los símbolos que envuelven a la catedral y muchas las leyendas de este mítico lugar, en el que todos los días, a las doce en punto del mediodía, se celebra la Misa del Peregrino, y que en Años Santos, además, tiene el aliciente del vuelo del Botafumeiro a lo largo de la nave central del Templo.

Es en este templo donde se desarrolla la vida de los religiosos, dedicados a la reflexión, la meditación y el abandono del mundo. Son los religiosos del cabildo catedralicio. Órgano de gestión que está constituido por canónigos cuyo presidente es el Deán. En su origen, el cabildo fue el conjunto de clérigos del consejo permanente del obispo, al que asistían, sobre todo en cuestiones de orden judicial.

Sin embargo, el día 5 de julio de 2011 desaparece el Códice Calixtino, de valor al parecer incalculable. Se trata, como algunos denominan, de la guía Michelin en antiguo, pues es una guía de viajes del siglo XII. A partir de este hecho se ha ido descubriendo el “mundo interior” que se desarrolla al amparo y bajo la tutela del apóstol.

Como ya es conocido, después de un año de indagaciones, la policía detuvo a un electricista, Manolo, ex trabajador de la catedral. En su casa se encontraron casi dos millones de euros así como el preciado Códice. Y aquí no acaba la cosa. No solo se descubre el Códice o los dineros sustraídos de los cepillos de forma más o menos cotidiana. Surgen muchas cuestiones. Nada es lo que parece. Nadie es quien aparenta ¿Cuál fue el verdadero motivo del robo? ¿Despecho, desamor o sed de venganza contra el deán? ¿Existía una relación íntima entre este canónigo y el electricista? ¿Provenía de la catedral todo el dinero encontrado?

Algo más está pasando. Manolo, no solo habla de robos y/o hurtos en los que participaban otros, sino también de ciertas prácticas sexuales que imputa al Deán, ya dimitido. El Cabildo de la Catedral se ha apresurado a indicar que acudirá ante los tribunales de Justicia “denunciando la vulneración del derecho al honor, dignidad y fama, ya proceda en vía penal o civil”.

Sin embargo, varios informantes alertaron, en su momento, a los agentes de la policía, de la “íntima relación” del canónigo y el electricista”.

El deán estaba verdaderamente preocupado por lo que se pudiera airear en el juicio sobre sus conversaciones telefónicas interceptadas, algunas relacionadas, según los encargados del caso, con su conducta “afectivo-sexual”. Algún testimonio cercano afirmaba que tenía tres o cuatro mancebillos con los que se alegraba la existencia.

Sea lo que sea, esperaremos a ver que da de sí todo esto. Nada nos sorprende, ya que el celibato, impuesto por la Iglesia, en esa eterna obsesión por el sexo, a lo largo de los siglos no ha servido para evitar los ardores de entrepierna de algunos varones que visten con falda.

Hemos conocido que debajo de algunas sotanas pulcras y bien planchadas ardía una sexualidad desenfrenada, mientras en la comunidad de Cristo se miraba para otro lado. De ahí que este entramado de sotanas, alzacuellos y casullas que se remangan y que nos cuenta Manolo no nos sorprenda en absoluto. Se nos asemeja a esa serie americana de Sexo en Nueva York en otra versión. Sexo en la catedral.

Nada nuevo. Los de la familia Borja (y no Borgia que es una italianización) hace varios siglos, a la sombra de las estancias vaticanas, copulaban sin freno ni distinción alguna. Aunque esos eran otros tiempos.

Emma González es abogada