EL SARGENTO DE HIERRO
Si hubiera que definir la carrera de Clint Eastwood como director con una breve frase, esta bien pudiera ser: “Las cosas llevan su tiempo”. Las buenas cosas, al menos.
Heartbreak Ridge, o en su engañoso título español, El sargento de hierro, es una película muy atípica en este recorrido por el cine bélico en el que llevamos, merced a nuestro Cine Dúplex, un mes cumplido. Ni es una película antibélica ni orgullosamente militar; ni algo intermedio tampoco. Es una película rara, quebrantada entre la rancia americanada de su último tercio y el humorístico estudio de un personaje antipático, el sargento Tom Highway al que interpreta Eastwood, no exento de hondura. Eastwood iniciaba aquí una larga penitencia de pasados desmanes, de héroes racistas y reaccionarios cuya filosofía del gatillo llegó a confundirse con el hombre que las interpretaba. Tras sorprender con su maravilloso western fantástico de aliento poético, El jinete pálido, el actor y cineasta comenzaba a rendir cuentas a ese tópico con el que tantos réditos cosechó con el cine de acción y el spaguetti-western. El Highway de El sargento de hierro es el más duro de los duros, un hombre que “mea napalm”, condecorado con la máxima distinción militar que otorgan los Estados Unidos (la Medalla del Honor) y decidido a agotar sus últimos cartuchos como marine convirtiendo a un desangelado escuadrón de novatos en la tropa más temible del ejército. Pero al mismo tiempo Highway es un hombre quebrado, que lee revistas de sexología para tratar de comprender qué fue mal con su exmujer, de la que sigue perdidamente enamorado, y que en el fondo es capaz de desarrollar un hondo afecto por el joven negro prototípico al que tirotearía o, como poco, apalizaría en uno de sus pasados papeles. Se trata de un (tímido) primer paso en el proceso de desmitificación de ese sueño de los republicanos seguidores de Charlton Heston, proceso que culminará en esa escena de antología de su maravillosa Gran Torino en la que Eastwood desenfunda por última vez. Sin embargo, la película bélica por la que transita este extraño sargento metálico es mucho menos interesante que el tiempo que pasamos entre pubs y borracheras descubriendo el alma de un artista que, lentamente, comenzaba a convertirse en maestro.
