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EL NAVAL, EN DIQUE SECO

La situación del sector naval en Ferrol se extiende al ámbito de los servicios sociales. El reflejo ilustra sobradamente tal estado si se tiene en cuenta que una institución como Cáritas alerta de los riesgos que, al continuo incremento de dependientes de las prestaciones que la entidad ofrece, se sume el derivo de la grave crisis del principal sector industrial de la comarca de Ferrol. Los pesimistas dirían que estamos en un punto de no retorno. Desde de un punto de vista objetivo, lo que cabe es señalar que, pese a la precaria situación de la actividad y al monocultivo industrial que –aunque con menos intensidad– sigue imperando en esta comarca, como diría un viejo y conocido político ferrolano, “nunca choveu que non escampara”. Lo difícil no obstante es situar tal sentencia en el espacio y el tiempo que nos corresponde. Y es que poco lugar para el optimismo dejan cuestiones como el hecho de que la Armada restrinja la actividad de sus unidades, ya no en el ámbito internacional sino también en el nacional.

Los actos de contrición, ya
se sabe, son ajenos a determinados estados, pero entre estos últimos entran tanto el político como el sindical...

Lo práctico sería decir que los tiempos mandan. Lo consecuente, que, como muchos otros aspectos de la vida política y social de este país, tal vez se haya querido abarcar lo que no competía, o lo que es peor, lo que era inabarcable. Pese a los compromisos, lo verdaderamente práctico es que Navantia se encuentra –en términos marineros propiamente dichos– en dique seco y que incluso esta cuestión delimita territorios entre las clases trabajadoras que la conforman. Y es que, pese a las llamadas a la unidad –necesarias–, las últimas manifestaciones del colectivo laboral han dejado caer la única agua que se vislumbra en este panorama tan ferrolano como es el del naval. Solo así se comprende que los operarios de las compañías auxiliares, que son los que están sobrellevando, cuando no pagando verdaderamente la desocupación de las factorías de la ría, diluyan su tensión y crispación en la dirección del comité de empresa de la principal, como sucedió días pasados. La diferencia estriba en que mientras unos tienen trabajo, aun a costa de que no exista, son otros los que lo pierden. Que las promesas no susciten la mínima relajación, como ayer se dejó ver ayer, una vez más, en una nueva manifestación de los trabajadores del sector público y de las subcontratas en Ferrol, poco o casi nada tiene que ver todo esto con lo que políticamente sería deseable, pero sí con la realidad. Los actos de contrición, ya se sabe, son ajenos a determinados estados, pero entre estos últimos entran tanto el político como el sindical, sujeto también este último al riesgo del agotamiento en la misma medida que el primero. Estamos como hace veinte o treinta años, pero un tanto, o más, apesadumbrados, ya no por la incertidumbre sino por la simple certeza de saber que, si los buques no navegan para ahorrar costes, poco margen le queda al sector salvo el que derive del ámbito internacional.