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Volver a su sitio las cosas que se habían quitado o sustituirlas  por unas nuevas. Allá abajo en el río en una antigua fábrica de electricidad, Museu da Electricidade, hablo del río Tajo, de su muerte, allí convertida o reconvertida en museo, allí resurge la palabra “restituir”, recién labrada en la pared, arrancada de ella. Hablo de Lisboa, la Lisboa del café pingado, de la carne grilhada, del frango, del olor a sal y a sardinha, del transporte público. La Lisboa de las cuestas, del “cuspirfininho”, lo que aquí llamaríamos hilar la hebra de la vida, de las plazas, de los miradores. Esa Lisboa se reinventa a sí misma. La Lisboa de Alexandre Farto (AkaVhils) de las caras que resurgen como fantasmas del pasado a través de las puertas viejas o de los papeles de propaganda resecos. Las cara reconocibles a través de lo que nos parece inútil. Restituir y amor, dos palabras que abrazaban la exposición de este artista urbano.  La Lisboa de las voces de Lobo Antunes, que entiende que “sólo un hombre común puede hacer cosas grandes”. Aquí se queda Lisboa agarrada a mi nariz al olor para siempre.