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¡Qué casualidad!. El jueves 14 la canciller Merkel decía en el Parlamento federal que “la crisis española es consecuencia de una década de comportamientos irresponsables”. Al día siguiente, el Fondo Monetario Internacional que dirige su colega Lagarde “recomendaba” –y sus deseos serán órdenes– nuevos ajustes y recortes, entre ellos subida del IVA y más recortes del salario de los funcionarios, en esa espiral loca de la austeridad que agrava la recesión, aborta el crecimiento y estrangula definitivamente la economía.

España está en el punto de mira. Es verdad que nuestra economía tiene desequilibrios importantes y que hubo poca diligencia a la hora de tomar medidas. Pero no somos el desastre de país que, según algunos dirigentes, durante diez años malgastamos frívolamente y por ello no solo corremos el riesgo de ser rescatados sino que hemos puesto en peligro a toda la Unión Europea.

En su análisis simplista olvidan la parte de culpa que tienen ellos. En primer lugar por su papel en esta crisis de identidad que padece la Unión que camina hacia la desintegración. En expresión de George Soros, “han hecho demasiado poco y demasiado tarde” por la configuración de Europa como una verdadera unión en el más amplio sentido del término.

En segundo lugar, también tienen su culpa en nuestra “década despilfarradora” porque cuando España era rica no se cansaban de inyectar recursos para que compráramos en sus mercados y consumiéramos sus productos y ahora que pasamos un mal momento nos dejan en manos de los grandes especuladores. El suyo sí que es un comportamiento irresponsable y hasta indecente.

Por tanto, no tenemos que flagelarnos en la plaza pública pidiendo perdón a los mandatarios europeos, ni podemos sucumbir a complejos de culpa que minen nuestra autoestima, que habitualmente ya cotiza a la baja, porque no es dogma de fe todo lo que dicen fuera aunque proceda de la rica Alemania. La señora Merkel tiene pruebas suficientes de que los vagos españoles, con los gallegos en primera fila, somos gente honesta, cumplidora de sus compromisos y tan trabajadora que hasta hemos contribuido a la reconstrucción de su país.

Cuando el Cid pasaba por Burgos camino del destierro decían las gentes: “¡Dios, que buen vasallo si tuviese buen señor”. Eso, un buen señor –una buena dirigencia política y económica– es lo que los españoles echamos de menos en Europa. A veces, también en España.