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Para un rey, reconocer que su país tiene problemas por la corrup­ción, política y financiera que le asola, el gravísimo desempleo, los para­dos que no cobran nada, y la miseria y el hambre, que solo la caridad mitiga, debe ser una putada de la hostia. A mí no me gustaría ser rey de un país como ese, por­que sería rey de una mierda de país y, tal vez, reyes de otros países mejores me mirarían por encima del hombro. Si además el partido que gobierna está metido en la co­rrupción hasta el culo, y su presidente miente más de lo que haría un bellaco, y dice lo que le sale de los cojones, ¿qué diablos podría esperar? Si yo fuera su rey lo pondría de pati­tas en la calle. ¡Ni Monarquía Constitucional ni hostias! ¡A la puta calle! por machacar a mis súbditos y joderme la figura. Algunos tienen suerte de carajo de que yo no sea rey de aquí. Y de mi casa tampoco. Ahí manda mi reina; y yo, a cerrar el pico. Como aquí.