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En el formidable engaño que es el caso de las preferentes y subordinadas hay historias personales tan dolorosas que no es de extrañar que el colectivo afectado proteste con todos los medios a su alcance. Este periódico se hace eco hoy de lo ocurrido a una familia que, queriendo invertir del mejor modo posible un dinero para su hijo, lo ha convertido en titular de obligaciones subordinadas desde los cuatro años. La indignación se ve acrecentada porque la relación de confianza con la empleada del banco que les colocó este producto bancario fue determinante en el contrato. Y han venido a enterarse seis años después.