SABER Y RECORDAR
Dice el pensador José Antonio Marina que “nunca hemos sabido más y nunca hemos recordado menos”. La frase es de global aplicación. Un 20 de noviembre este país ha celebrado elecciones generales. En la misma fecha, apenas un centenar de manifestantes expresaba su adhesión, con motivo del aniversario de la muerte del general Franco, a unos tiempos que cada vez se recuerdan menos. También es evidente que entre los olvidos la ausencia de la vieja dictadura no es el único. A eso debe referirse, entre infinitas cuestiones, Marina cuando equipara el saber con la ausencia, que es la metáfora de lo perdido, que debe ser algo así como la carencia de referencias que deberían ser indispensables en la toma de decisiones. Cuatro millones de votantes son mucha distancia entre los dos principales partidos del arco político de este país como para responsabilizar en exclusiva a la crisis económica y social que asuela buena parte de Europa del éxito sin precedentes del Partido Popular. Lo decía un contertulio, gallego para más señas, en las horas posteriores al cierre de los colegios electorales: las elecciones no las ganan los partidos si no que las pierden los gobiernos.
Para quien tenga en la memoria la consulta sobre el ingreso de España en la OTAN –de nuevo aquí cosas que sabemos pero que cada vez recordamos menos– permanecerá en su retina, cuando menos, la incógnita del resultado. La misma que en la consulta de 2004, a escasas horas de la masacre de Madrid, o incluso que la precedente a la actual, cuando estaba por verse en qué dirección correría el cambio bilateral de tantos, como se ve, millones de votantes como los que ahora distancian una opción política de otra. La certidumbre, en definitiva, a pesar de lo que tiene de claridad, a veces también asusta. La consulta, si algo tenía de incógnita, de desconocido, era saber hasta qué punto los partidos minoritarios podrían absorber buena parte del voto de la izquierda nacional o en qué vértebra de las muchas que componen este país se ubicaría la izquierda abertzale, o qué papel jugarían en la nueva legislatura formaciones como UPyD. Los cuatro millones de diferencia no son ya, sin embargo, la única distancia a tener en cuenta en unas elecciones en este país. Y es que las nuevas generaciones apenas han oído hablar de conceptos de los que se ha alimentado la política estatal desde la recuperación de la democracia –ese escaso recuerdo del que habla Marina–, un aspecto que conocen muy bien los estrategas políticos a la hora de captar no ya el voto sino la mera atención. Cuestiones así tradicionalmente vinculadas a la izquierda son ahora el nutriente habitual del mensaje conservador o de centro, pasto abierto al indeciso y a esa nueva generación –y las que están por venir– plagada de mayores conocimientos pero escasamente apegada a otro tipo de valores que sí poseen las precedentes.
