LAS VERDADES DE JOAQUÍN ALMUNIA
Almunia no quiso hacer sangre. Al fin y al cabo, está en Europa porque los socialistas no lo querían aquí y, desde luego, a estas alturas, no sabe como agradecerles el favor de haber pensado que sería bueno desterrarlo.
Desde la Comisaría de Competencia, tiene una visión única y privilegiada del absurdo que rodea a Europa y a su moneda única –curiosamente es lo único de una pieza que hay en el Viejo Continente–.
Tal vez por eso, cuando tras reunirse con Rajoy alguien le preguntó sobre aquellas afirmaciones suyas en las que aseguraba que cerrarían los bancos españoles que no fueran viables, esbozó una media sonrisa e insistió en su teoría de que sobra una de esas entidades tóxicas entre las que, por desgracia, se encuentra Novagalicia Banco.
Ya hay quien exige la cabeza de Almunia acusándolo de deslealtad a España, pero, en el fondo, él se debe a quien le paga su multimillonario sueldo, le saca sus billetes de avión en bussines y le pone chófer, escolta, camarero y mayordomo si le apetece. Bruselas no paga a traidores y una vez que un ciudadano, sea cual sea su nacionalidad, atraviesa el umbral de la Comisión Europea, se convierte en una especie de apátrida que solo rinde cuentas a Durao Barroso (otro que salía en las fotos de las Azores, pero que, curiosamente, se fue de rositas).
La cuestión es que, si se piensa detenidamente, en el fondo, Joaquín Almunia le está haciendo un gran favor a España y a los españoles. No tiene ningún sentido que el país entierre buena parte de esos 100.000 millones que nos prestan para reflotar nuestros bancos en intentar reanimar unos cadáveres que, más que fríos, ya huelen.
Porque, en el fondo, apestan a muertos por mucho que la Xunta o las Generalitats (catalana y valenciana) intenten mantener viva su idea de tener un banco propio, como si a estas alturas todavía hubiese alguien que se crea que el capital tiene patria o que por el hecho de que una entidad lleve el nombre de una determinada región en su marca vaya a dedicar sus ganancias a beneficiar a sus paisanos.
No hace falta disponer de una memoria prodigiosa para encontrar miles de ejemplos que demuestran todo lo contrario y ver cómo el dinero del ahorro gallego terminó en urbanizaciones de la Costa del Sol o bodegas de un país cercano. Se buscaba rentabilidad bajo la excusa de que cuanta más se consiguiera más dinero volvería para el país, aunque, al final, lo único que retornó fueron pérdidas y quiebra. Por ello, hasta parece normal que Almunia apueste socarronamente por cargarse todo aquello que no tenga un futuro claro y garantizado.
