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YYa tengo luz verde es la hora de partir” debió de pensar J.J. Cale el pasado viernes cuando le sobrevino un ataque al corazón a los 74 años. El cantante del  susurro que baila, que se mueve como una brisa “Call me the breeeze”, el antidivo, maestro de Eric Clapton, de Mark Knoffler, se negó siempre a ser una estrella mediática. “No hay ninguna duda, ojalá estuviese allí, cargando con una guitarra por las vías del tren”. Sus contenidas actuaciones en directo, compensadas por su voz y su guitarra, nos hacían soñar a menudo con las fronteras, el sufrimiento y la vida como sinónimo de tránsito. Su música susurrante, perezosa entre el blues, el folk, country o jazz; su música definida como música cajún( Lousiana francesa). En estos días de este  verano esquivo observar un atardecer con su Cocaine o After Midnight son la mejor forma de descubrir o homenajear a este compositor de Tulsa que nos ha dejado; “sigo soplando en el camino, no me espera nadie, ya nadie espera por mí”. Descanse en paz.