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LA PARADOJA DEL ICEBERG

Si nos intervienen como Estado nos morderá la negra boca de la ruina, si por el contrario el gobierno consigue evitarlo seguiremos en las manos de la soberbia que nos ha llevado a esta ruinosa situación. Esa que nos atenaza orgullosa aún en los agónicos días de nuestra maltrecha economía.

De esta fatal eventualidad cabe discernir que el dilema que se nos plantea es tener que elegir entre tocar fondo en el mismísimo corazón de la realidad o seguir colgados de la vana altivez de vivir de prestado con ínfulas de rico. Es decir, transitar por este atolladero de calamidades sin haber analizado y corregido en la medida de lo posible las causas que lo provocaron y sin tener una visión real de nuestras posibilidades.

La historia nos llama a una tarea de magnitudes épicas a la que solo podremos hacer frente siendo capaces de ponernos de acuerdo en la construcción de un estado moderno y equilibrado tanto en lo administrativo como en lo político. Un estado, en definitiva, capaz de dar respuestas ágiles y responsables a las necesidades reales de la sociedad a que sirve bajo el imperio de la ley.

A día de hoy la perversión del sistema es de tal calado que nos vemos en la absurda necesidad de tener que salvar a aquellos que nos hunden, llámense: gobiernos, banqueros o instituciones. Es, para que se hagan idea cabal de la paradoja, como si la tripulación y el pasaje del Titanic se afanaran durante el naufragio en salvar al iceberg.