RAFAEL ÚBEDA
Más de 50 años lleva el pontevedrés Rafael Úbeda transitando los caminos del arte, desde que en 1959 expusiera en el Salón Noble del Ayuntamiento de Sigüenza en Guadalajara, y ahora, después de recorrer media Europa y otras latitudes, lo hace en nuestro Palacio Municipal, con sus “Arpegios tímbricos”, donde las armonías del color ponen encantadas vibraciones a las armonías de las formas, para trasmitir sonoridades cromáticas o cromatismos sonoros; pues su obra, inspirada en músicos y en instrumentos musicales, viene siendo ejemplar en el dominio de la sinestesia auditivo-visual, dado que él es también músico y ha dedicado su tesis y discurso de ingreso en la Academia de Bellas Artes a estudiar las interrelaciones plástico-sonoras; así que, del mismo modo que las arpegiadas notas de una composición musical brincan en el aire dejando ecos evocadores, sus planos de color componen contrapuntos rítmicos y danzan en curvaturas azules o en doradas cadencias o en consonancias de rojos, que multiplican las formas para que vuelen abiertas y sugerentes ad infinitum.
De ahí que lo que vemos es “Abierto y profundo” y, al igual que hacen los sones de un cello o un contrabajo, él pone temblores al espacio y lo prolonga hacia más allá de lo visible, hacia más allá de lo aparente. Un gozo límpido y puro, que se deja hablar difícilmente como todo lo que lleva una gran carga semántica, emana de estos cuadros que revelan un alma enamorada de los bellos acordes, aun cuando puedan aparecer aquí y allá temperaturas sordas y leves asonancias, como en el “Homenaje a Shostakovich”, y alguna que otra fogosidad “En Clave de Sol”.
Es evidente que su creación, que mamó de las fuentes del expresionismo, del cubismo, de la nueva figuración baconiana… se ha ido construyendo de un modo peculiar, aligerándose de lo denso, hasta alcanzar la elaborada depuración formal que ahora luce, donde la orquestación de los elementos plásticos es absoluta y la composición constituye una danza de gráciles y aéreas configuraciones, de entonaciones felices, de “Arpegios que vuelan”, de “Arpegios esparcidos” como astros luminosos por las espirales del cielo. He aquí una abierta geometría, un poliédrico puzzle de “música irisada” –título que tomamos prestado del último poemario de Maximino Cacheiro– cuyo haiku: “Luz / Diamante / Música pura” resume el fulgor cristalino de esta pintura.
