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Hace tiempo que hemos perdido la inocencia, cada vez hay menos cosas que nos puedan sorprender y menos misterios que descubrir, nos hemos hecho adultos, mayores diría yo, incluso los más jóvenes apenas han tenido tiempo para disfrutar de su infancia, las cosas van demasiado deprisa y tenemos demasiada información, el proceso de desmitificación lleva un ritmo tan acelerado que pronto no quedará casi nada en que creer, todo acabará siendo experimental; lo mismo ocurre con lo inútil frente a lo rentable, hay que salvar la poca humanidad que queda a golpe de ética utilitarista, en función de un bien público que nada tiene que ver con el amor o con la fraternidad.
Alguno se preguntará cómo hemos llegado hasta aquí, Julio Camba con su fina ironía, a veces un poco cínica, llamaba dichosa a la edad paleolítica, “lo hombres pasaban hambre y frio, pero vivían en un mundo joven, todo lleno de sorpresas y de misterios. Desgraciadamente, los paleolitas no sabían que eran tales paleolitas, y desconocían su bienestar. Una estúpida sed de progreso les llevó al neolismo, y a medida que comenzaron a cocer el barro y a cultivar la tierra, decayó su arte maravilloso. El mundo fue secándose, arrugándose, haciéndose viejo y aburrido. Se descubrió el metal, surgió una nueva civilización. Se inventaron las lentes y nació la crítica”.
No tiene caso añorar tiempos pasados, y mucho menos los más primitivos, cuando el hombre ni siquiera conocía su propia identidad, y sin embargo no deja de ser legítimo echar cuentas de lo que se ha podido quedarpor el camino. La ilustración y el progreso son valores casi incuestionables, que resultan altamentepositivos, siempre que los veamos con cierta perspectiva, la que nos otorgan la brevedad de nuestra propia vida y el mundo que vamos a dejar a los que vengan detrás,comparado con el que nos dejaron a nosotros quienes nos precedieron.
Quizá el problema sea simplemente recordar que, por encima de todo bienestar o progreso, somos seres humanos bastante necesitados de amor y de cariño, incluso de ilusión. Con la que está cayendo y en el mundo en que vivimos, casi resulta ridículo hablar en estos términos; peropor suerte todavía nos queda la excusa de la Navidad para hacerlo.
Aprovecho estas fiestas para pensar que la Humanidad, a pesar de ser tan autodestructiva, todavía tiene una gran capacidad para detectar dónde están el bien y la felicidad. Charles Dickens, en su famoso cuento, hizo pasar  al viejo y amargado Ebenezer Scrooge por unas experiencias que le permitieron abandonar su actitud amargada y egoísta. Todo radica en que seamos capaces de redescubrir el valor de las cosas auténticas, frente a la vorágine de una vida materialista.