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Estamos en la estación del año que más exigimos. Al verano tórrido y sudoroso le agradecemos paréntesis de jornadas lluviosas que refresquen la temperatura ambiental. Distinguimos al otoño como tiempo de frutos maduros, sosiego y paz temblorosa hogareña; “hojas del árbol caídas, juguetes del viento son”, así las ilusiones del carril bus cantadas por un poeta cursi que también debate las modificaciones en las calzadas de avenida General Sanjurjo y calle de Orillamar. Al ceñudo invierno le perdonamos sus variaciones climáticas, pues junto al frío de la nieve festejamos con singular regocijo ese tibio sol ámbar que se cuela por Los Cantones.

Al invierno le perdonamos sus variaciones climáticas pues junto al frío festejamos su tibio sol ambar

 

Sin embargo, la primavera ha de ser lúcida, espectacular, cristalina. Con silbido de negras golondrinas (¿por dónde emprenderán vuelo rasante que no las veo?) y mar transparente y limpio en la ensenada de Orzán-Riazor llena con inmundicias nauseabundas días pasados, procedentes de la cloaca de Bens. También, al estudiar el Paseo Marítimo, nos preocupa la sustitución actual del enlosado y su aguante… Hay que sobreponerse a cualquier contrariedad económica, política y social. Queremos que brisa favorable limpie nuestra urbe de mares de esquina. Sea la actividad portuaria aumentando su tráfico de mercancías con la proyectada recuperación de punta Langosteira. O el entrañable Depor campeón que, pese a los nefastos presagios de un rotativo empeñado en que ruede al abismo, ahí está para envidia de vecinos sureños. Sin olvidar la firma Inditex, enarbolando banderas de crecimiento internacional en el polígono de Sabón.

Es el sol de estos días estirando sus horas. La juventud intentando superar el dramático momento que vive, analizando a los culpables de tanto desaguisado inconsciente y macabro aunque ahora convoquen a toda pastilla una patética y demencial huelga general.