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Algo en lo que el cine europeo siempre le ganará por la mano a Hollywood es en el costumbrismo.
El mundo irreal de los rostros perfectos, los gestos perfectos y las frases perfectas jamás puede transmitir, independientemente del telón de fondo que se le ponga, la cercanía campechana que desde el Viejo Continente se logra renunciando al glamour.
Turistas es buen ejemplo de ello. La cinta nos presenta a unos Asesinos Natos muy de andar por casa, una pareja sin ningún sex-appeal que bordea los 40 y que recorre Inglaterra en caravana cometiendo un sinfín de barbaridades. Pero la elección de los actores y la dirección al vuelo de Bean Whitley (precisa, pero sin aspavientos) consiguen aunarse para que el desasosiego y el humor abisal coexistan con un cierto apego del espectador por estos homicidas. Uno siente que su mediocridad, sus necesidades de afecto y sus deseos desproporcionados de venganza son muy semejantes a los que podríamos tener cualquiera de nosotros en un mal día.
Si en vez de contar con el rostro caballuno de mentón prominente de Alice Lowe nos enfrentáramos a la belleza irreal de una Nicole Kidman, o si esa faz barbuda de calva incipiente de Steve Oram la sustituyéramos por las facciones angelicales de un DiCaprio, esta cercanía, este juego macabro de sentirse escandalosamente atraído a ponerse del lado de los asesinos, no funcionaría. Pues a los dioses se los ama, se los teme y se los odia. Pero nunca se los tutea.
Eso sí, Turistas falla en que no llega a aprovechar ese tirón inicial de la sorpresa y ese hechizo de simpatía con los perversos con los que arranca su trama. La repetición de situaciones acaba haciendo el devenir de la trama previsible, a pesar de su apreciable desenlace.
Aun así, Turistas es una road-movie que nos ofrece la oportunidad de sentirnos mezquinos en el acogedor regazo de la ficción. Solo por eso, puede merecer la pena pagar la entrada.