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Margaret Thatcher decía que la sociedad no existe, sino un ser humano y sus intereses personales. Que vamos, que dama de hierro no creía ni en solidaridad ni en fraternidad. Esas cosas no iban con ella. Sin duda, en España muchos políticos se aplican el cuento. Aquí el dinero en “b” parece estar a la orden del día.
Se dice que el pago de comisiones, con cacerías y bacanales incluidas, era algo habitual en los círculos del señor Francisco Granados, ex número dos de Esperanza Aguirre. Hoy entre rejas. ¡Eran las putas reglas!, exclamó un empresario. Uno tiene la impresión de que las únicas reglas que se respetan en este país son las que rigen para los aquelarres políticos y las saturnales económicas. Hay gente que se llena la boca hablando de europeísmo, quizá para ocultar algunas carencias o complejos. Se conducen de una manera arrogante, soberbia, maleducada. Hasta el punto que subestiman incluso a los latinoamericanos –personas de la misma cultura– llamándoles peyorativamente “sudacas”. Ya no se acuerdan de que algunos de esos países le abrieron sus puertas a millones de españoles.
En todo caso, los hechos demuestran que el  “traje” europeo le viene grande a mucha gente, sobre todo si se toman como referentes a los países del Norte. La España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía, devota de Frascuelo y de María, que describiera Antonio Machado, sigue latente, actualizada. Quizá nunca se fue.  
Un amigo me decía hace unos días que los cargos en este país son como una droga, de esas que producen adicción desde el mismo instante en que se prueban. El aferramiento a ellos es tal, que incluso dejar de ser presidente, vocal o secretario de una asociación cualquiera –hasta de las sin ánimo de lucro– puede provocar urticaria en sus directivas (¡imagínense cuando hay beneficios económicos!). Por eso se entiende que nadie quiera dimitir.  
Se dice que hay que reformar las leyes, endurecerlas, achicar más los márgenes legales y así evitar que los corruptos se vayan de rositas. La Ley de Enjuiciamiento Criminal, como dijo el Presidente del Tribunal Supremo, debe ser reformada, dado que está hecha para los roba gallinas y no para los grandes defraudadores. Y eso es así, lo estamos viendo cada día. Es más fácil que vaya al talego el que roba un salchichón en una charcutería que un rufián de cuello blanco. Obviamente, es el legislador el que tiene la responsabilidad de modificar y cambiar la Ley. Aunque parece no tener demasiada prisa en hacerlo.
En este ruedo ibérico se confunde la inteligencia con la astucia. Cuando alguien tiene éxito los ciudadanos siempre piensan lo peor, es como un acto reflejo cultural. Pocos creen que el triunfo se deba a las capacidades del emprendedor, es decir, que lo haya alcanzado siguiendo los cánones de la decencia, de la ética, de habérselo currado. Tantos años de engaños, de pasarse la ley por el arco de triunfo, de jugar sucio, pasaron factura. La ciudadanía desconfía de todo y de todos. Aunque todo esto viene de lejos, no es del año pasado ni del anterior. La admiración por el antihéroe, por el villano, por el sinvergüenza de turno, ya se reflejaba en nuestra literatura en los Siglos XVI y XVII. El género picaresco es un buen ejemplo. Lo peor es que la picaresca ha tomado por asalto la España del Siglo XXI. Los Pillos y los oportunistas pululan por casi todas partes, sobre todo en las pasarelas políticas.
En los últimos años muchos políticos –y no pocos empresarios– se enriquecieron a base de engaños y de pelotazos. La cultura del pelotazo    moderno empezó a fraguarse a finales de la década de 1980, cuando gobernaba el señor Felipe González, el gran hacedor del “socialismo” español. Pero aquello solo fue el comienzo de lo que vendría más tarde. Como dice el dicho, aquí el más tonto hace relojes. La cuestión es hacerse rico utilizando la fórmula “abreviada”. No importa el cómo ni el dónde.
Aunque parece ser que, según el Gobierno y sus adláteres, somos la envidia de Europa, puesto que estamos creciendo mucho. Ojalá fuera así, pero sabemos que no es verdad.