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Corría 1812 cuando un grupo de hombres bregados en la tarea de las libertades se citan en una asediada Cádiz. Tras largas deliberaciones, y a desdén del cerco del Ejército francés, redactan una Constitución que votan el 19 de marzo de ese mismo año. Un texto más voluntarioso que realista, porque los derechos y libertades inherentes al ser humano son, paradójicamente, materia utópica entre tan singular especie. Y todo aquel que trata de reivindicarlos es recibido primero con recelo y más tarde corrido a pedradas hasta más allá del primero horizonte fronterizo.

Atendiendo a ese fiero instinto no tardamos en reclamar el absolutismo y las cadenas, desdeñando aquel hermoso puñado de palabras con las que buscábamos conjurar la dominación más allá del mero acto de sumisión a que estábamos siendo sometidos, en la mismísima entraña colectiva de una sociedad, la nuestra, terriblemente fanatizada y profundamente alienada. Porque curiosamente aquellos a los que combatíamos traían en sus manos ese mismo ideario progresista, esa misma inclinación libertaria, nacida de su reciente proceso revolucionario.

Luego no era a ellos a quienes temíamos sino a nosotros mismos, como lo prueba el hecho de que nos afanásemos a poner negro sobre blanco aquellos valores que entendíamos debían iluminar la senda de nuestro devenir histórico. Tamaña empresa pesa aún hoy en el debe y el haber de esta nación de naciones sin noción de estado.