Sobreactuados
Desde hace algún tiempo la vida imita a la televisión. Bombardeada nuestra salud mental con patrones de conducta extremos, acabamos por perder la conciencia de lo que es normal. Nos encontramos de pronto alzando la voz en medio de la conversación; jauría de lobos tertulianos que acompañan los gritos con gestos de énfasis ensayados ante el espejo y parecen estar buscando una cámara imaginaria que les enfoque. Que en cualquier momento van a levantarse y salir de la cafetería como quien abandona un plató.
Adoptamos como propios comportamientos excesivos que, quiero creer con todas mis fuerzas, solo pueden haber salido de la imaginación de algún guionista. Sobreactuamos. Vamos de la pasión más devoradora al odio más profundo en cuestión de minutos. Sufrimos arranques de ira en los que cualquier barbaridad puede salir de nuestra boca, nos entregamos al llanto espectacular y convulso, vociferamos nuestros desengaños sin acordarnos del pudor. Somos personajes de reality y actores de telenovela a partes iguales.
En ese mundo de ficción en el que creemos vivir, concebimos las relaciones amorosas como una sucesión de escenas románticas que acaban con dos cuerpos abrazados. Fundido a negro y sube la música, marcaría el guion. Las rupturas son una lucha a muerte con acento venezolano y las reconciliaciones, un ejercicio de sexo acrobático. La amistad se pone a prueba a diario y no hay conversación que no esté cargada de intensidad. Este permanente estado de expectación enfermiza hace que al ver una pareja discutir supongamos una inminente agresión. De una embarazada esperamos que rompa aguas en un paso de peatones y de una familia feliz, que arranque a cantar mientras pasea por el parque. Convencidos de que las premisas que nos han impuesto los programas de telerrealidad son las verdaderas. Al fin y al cabo, podemos identificarnos con esos seres de carne y hueso, tan semejantes en apariencia a nosotros mismos.
Y con esta concepción equivocada de cómo son las cosas, muchas veces nos sentimos a años luz del punto en el que creemos al resto del mundo. Y pensamos que algo falla. Dando por cierto que lo normal es vivir a la espera de la próxima emoción, el próximo grito, la próxima depresión. Sin caer en la cuenta de lo agotador que resulta. Y lo ridículo.
Pero no todo está perdido. La solución está al alcance de nuestra mano. Apaguen la televisión y abran un libro.
