LOS NUEVOS EXILIADOS
Leonardo Boff, teólogo brasileño, dice que la sociedad de la tecno-ciencia y del conocimiento nos mandó al exilio, nos robó el sentimiento de un hogar y de una patria, pero principalmente nos robó nuestra capacidad de conmovernos, de llorar, de reír con gusto, de apasionarnos por la naturaleza y por la vida.
Desde luego, el sistema financiero internacional y las grandes empresas transnacionales utilizan la tecno-ciencia para expandir sus tentáculos a nivel global. Lo que hoy llamamos globalización no es más que una burda colonización que obliga al desplazamiento global de las personas, además de robarles lo que dice Leonardo Boff.
España, por diferentes razones que ahora no vamos a enumerar, siempre fue un país de emigrantes, salvo en los últimos años que acogió a varios millones de extranjeros. En la primera mitad del Siglo XX el destino era América, millones de españoles llegaron a Cuba, Argentina y Venezuela, pero a partir de 1950 se dirigieron hacia Europa.
Después de la II Guerra Mundial una parte de Europa –especialmente Alemania– había quedado destruida por los ataques aéreos. Así que, había que levantarla de sus escombros, por tanto, su reconstrucción dio origen a un espectacular boom económico durante las décadas de 1950 y 1960. La mayoría de los españoles que llegaban a los países europeos lo hacían para hacer dinero en poco tiempo y poder regresar a casa, por tanto, su integración fue prácticamente nula, al menos para un gran número de ellos.
Con la restauración de la democracia, pero sobre todo con la entrada de España en las instituciones europeas, el país empezó a crecer y a desarrollarse rápidamente. Lo peor fue que ese desarrollo no se diversificó ni se aprovechó, sino que los políticos carpetovetónicos apostaron por seguir potenciando el turismo y los pelotazos de todo tipo, especialmente los inmobiliarios. Por consiguiente, se creó un falso crecimiento, sin bases sólidas, con unos niveles de vida ficticios que no estaban acordes con la producción industrial y tecnológica del país. Debido a ese “bienestar” aumentaron exponencialmente las matrículas universitarias, pues la mayoría de las familias querían que sus hijos fueran a la universidad, lo cual produjo un excedente de profesionales en todas las disciplinas que, aun sin crisis, hubieran excedido la capacidad del país para emplearlos.
Con una crisis de largo recorrido en marcha y seis millones de parados, entre ellos decenas de miles de universitarios, el país no está en condiciones de absorber a tantos profesionales. Y aquellos que tienen la “suerte” de estar trabajando deben soportar unas condiciones de explotación laboral dignas del Siglo XIX. Esa es la triste realidad, lo demás serían eufemismos para encubrirla. Los que defienden el liberalismo económico argumentan que hay que seguir haciendo reformas laborales para ser competitivos. Uno llega a conclusión que la esclavitud es la reforma laboral más competitiva que puede existir, puesto que en una sociedad de esclavos todo sería ganancia para las empresas. Y no lo duden, al paso que vamos llegaremos a ese tipo de “paraíso”; tan deseado por algunos.
Hoy miles de jóvenes, debido a la precariedad de la economía española, tienen que marcharse a un nuevo “exilio”, no hay que olvidar que la economía también está condicionada a factores políticos. Cuando en un determinado país los universitarios tienen que emigrar masivamente para ganarse la vida, sin duda, algo mal están haciendo los políticos de ese país. Por consiguiente, habría que empezar a plantearse seriamente si la clase política que nos está gobernando es realmente merecedora de nuestra confianza.
Cuarenta años más tarde (¡quién lo diría!) nadie se imaginaba que la democracia iba a producir otro exilio. Además, no es un exilio al uso. No. Los nuevos “expulsados” visten a la moda y llevan en su maleta un título de ingeniero, de médico o de cualquier otra profesión. Van a vender sus conocimientos a otros países o gobiernos, que además no han invertido un euro en su educación. ¡Negocio redondo!
