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Los países del norte de Europa, especialmente Alemania, miran de reojo a los del sur, lo hacen con reticencia y desconfianza, como si   trataran con piratas. Es cierto que los países del sur –todo hay que decirlo– carecen de la honestidad, la honradez y la seriedad que caracterizan a los del norte.
Pero eso no significa –considerando que en política nada es lo que parece– que el flanco sur de Europa tenga que aceptarlo todo.
En Bruselas –y también en Berlín– sabían del “sarao” que estaba ocurriendo en los países del sur, era vox pópuli, sin embargo, no hicieron nada por evitarlo o detenerlo. Aunque ahora se hagan los ingenuos, de que no sabían nada, la realidad es que conocían como se despilfarraba el dinero público. Por lo tanto, aquí surge la pregunta del millón, ¿por qué lo toleraron?
Es obvio que los responsables directos no están en Bruselas, aquí miraron para el otro lado, sino que hay buscarlos en las élites político-financieras del sur.
Incluso en los ciudadanos de a pie, puesto que estos últimos lo son por negligencia política, por consentirlo. Aunque debido a que su responsabilidad no es la misma, ni está en el mismo nivel, no deberían pagar las consecuencias de las “orgías” financieras que montaron los primeros.
El Papa Francisco le dijo a Merkel que el trabajo de los jefes de Estado era proteger a sus pobres. Le faltó añadir que una parte de ese trabajo es también evitar la corrupción, el saqueo al erario, el despilfarro, la fuga de capitales, etcétera. De esa manera también se estaría protegiendo a los pobres, puesto que habría más dinero en la caja para investigación y desarrollo, para crear nuevas empresas, para implementar más programas sociales, en suma, para construir una sociedad y un país mejor, más justo, más habitable. En realidad, los gobiernos deberían estar para eso, no para favorecer a un pequeño grupo, muchos de ellos rufianes de cuello blanco.
En todo caso, la señora Merkel –que ahora es implacable con los países del sur– sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo. Pero en esa época callaba, quizá porque no convenía decir nada. No olvidemos que bancos alemanes  –y también los franceses– estaban haciendo su agosto prestando dinero para financiar el “guateque” del sur. Financiación que no fue a parar precisamente –por eso estamos donde estamos– a la economía real de los países prestatarios.  
Parece que la canciller germana aplica aquella máxima latina de “quod licet lovi, non licet bovi” (lo que es lícito para Júpiter, no es lícito para todos).
Digamos que lo que es lícito para Alemania no lo es para los demás. Para ella es más fácil esconderse detrás de esa ambigüedad llamada Europa y ordenar a sus feudatarios –los gobiernos del sur– que apliquen recortes despiadados, inhumanos, anticristianos, que significan enviar a miles de familias a la pobreza, incluso a la miseria.
En España por empleo, el 27% de la población está en riesgo de exclusión social, lo cual es alarmante.
Es obvio que con tales políticas los países de la Europa periférica lo tienen difícil. Aunque alcanzaran a tener un crecimiento razonable, lo cual es poco probable, si no les cancelan parte de la deuda sus posibilidades seguirán reduciéndose.
Por otro lado, para atajar el desastre humanitario sería necesario un subsidio permanente para todos los parados.
Hay que tener en cuenta que millones de parados, sobre todo aquellas personas de más de 45 años, nunca volverán a trabajar. Por lo tanto, desde el punto de vista humanitario es necesario un salario de subsistencia, pero también para evitar –como dice el economista Santiago Niño-Becerra– un problema de orden público.
En todo caso, mientras las élites del norte sigan culpando a los pueblos del sur, el futuro de la UE se torna más incierto, más complicado, incluso más alienante.
No pueden subsistir dos Europas. Berlín, en lugar de estar mareando la perdiz, culpando a los países del sur, debería plantearse si quiere una Europa alemana –de protectorados– o bien una verdadera Unión. Tiene que decidir. ¡Y pronto!