EL PELIGROSO ABDUCIDO
Beiras, histórico nacionalista, hijo de histórico galleguista, recuerda bien los tiempos en los que, a falta de divorcio, el marido le comentaba a su mujer desde la puerta de casa que bajaba a comprar tabaco y jamás volvía. Beiras, fumador empedernido, se acercó a la puerta del Bloque, la abrió y se marchó sin necesitar ni siquiera recurrir a la mentira de que iba al estanco. Detrás de él salieron en tropel los irmandiños, que es como se mueven desde la época en la que asaltaban castillos.
Otros, menos históricos pero máis galizanos, no tuvieron tantos arrestos. Son más jóvenes y han crecido escuchando el mensaje de que fumar mata y rodeados de carteles con la leyenda espazo libre de fume de tabaco, así que ni se les pasa por la cabeza ir al bar de la esquina a comprar una cajetilla. En cambio, veneran la táctica del agárrame que lo mato, que obliga a quien recurre a ella a dar un paso atrás al mismo tiempo que pronuncia la frase, en previsión de que al rival se le ocurra soltar un guantazo en ese momento.
Por eso se acercaron a la puerta, la abrieron, miraron hacia el exterior, volvieron la vista al interior y decidieron que dentro estaban más cómodos. Aunque las normas de la patrona de la pensión no les gusten, prefieren tener cada noche para cenar un plato de caldo calentito a estar expuestos al frío de la calle. Acostumbrarse al confort acaba saliendo caro, lo hace a uno pusilánime. Sin embargo, algunos de los máis galizianos, los menos acomodados, aprovecharon los segundos durante los que la puerta permaneció abierta para traspasarla, sin miedo al peligro de estar a la intemperie.
Pero no todos se fueron en grupos. Los hubo y los hay, incluso algunos de los que en 1982 asistieron a la asamblea fundacional en el pabellón de Riazor, que se despiden por ellos mismos exclusivamente. Nada de por mí y por mis compañeros, en ellos pesa el gen gallego del individualismo y se dan de baja en su nombre, para iniciar el camino hacia la realidad, que es un concepto diferente al pensamiento único que criminaliza a quien se atreve a discrepar.
Y la sangría –no esa bebida impropia de coroneles y por la que, en cambio, enloquecen os españois, sino la que debilita al enfermo hasta llevarlo a la muerte–, sigue. La consecuencia es que la intranquilidad se está adueñando de los agentes de Tráfico de la Guardia Civil, que saben que un día de estos habrá más desplazamientos que en plena operación salida y con la escasez de medios que sufren tendrán que permanecer quietos al borde de la carretera, expuestos a un grave peligro, ya que cualquiera abducido por el nacionalisno –aunque parezca mentira hay gente así– puede pensar que eso verde que ve no puede ser más que un grelo y trate de arrancarlos del sitio.
