LA MÚSICA ESTÁ EN EL AIRE
En este ambiente convulso en el que no sólo los precios oscilan, sino también los valores, parece utópico –y aún tenemos muy presente la “Invitación a la Utopía” que proponía el sábado pasado el filósofo Juan José Tamayo en Ferrol–. Utópico decía aquel informe Delors de la Unesco que buscaba construir un mundo mejor a través de la educación. Ésta, como tantas otras cosas, discurre entre los “meandros” de marcos legales perfilados en políticas partidistas, que resumen nuestra realidad democrática, traducida en disputa permanente y arma arrojadiza de debate, como si la educación fuera “cosa de hinchas”, sin darnos o darse cuenta de que cualquier incidencia al respecto va a ser importante para generaciones y generaciones de personas.
La próxima ley anunciada de educación defiende la necesidad de “una reforma práctica que permita desarrollar al máximo el potencial de cada alumno”, esto bajo el prisma económico de escasez que menoscaba iniciativas y que en música se perfila con reducción horaria, reducción de profesorado y eliminación del único bachillerato que abre la puerta a la especialización musical.
Quizás debiéramos plantearnos qué es la música en la vida de millones de personas y cómo “aprehenderla” y cultivarla, no sólo como disciplina “per se” –que estaría más que justificado–, sino como agente directo en la configuración del pensamiento, como manera motivadora de desarrollo del trabajo en equipo o como fórmula para mejorar la concentración… Cuestiones que nos permiten crecer, mereciendo un espacio propio y aún hegemónico en la actividad educativa.
Realizado el esfuerzo de crear orquestas –dos en Galicia, un país sin tradición musical– que han conseguido obtener reconocimiento internacional, construir auditorios, salas de conciertos, centros culturales… próximos a la ciudadanía… Sólo a través de la educación tiene sentido. Démosle el lugar que le corresponde.
