RECONCILIACIÓN NADAL
Al estudiar bachillerato me habían asegurado que los dioses nacieran en Extremadura; forjadores de la gran gesta americana, habían aportado ilusiones, sufrimientos y esfuerzos para escribir páginas memorables de la historia. Hoy, desde observación genuinamente deportiva, también me asombro por Nadal y sus éxitos… Si lo mejor es contrario de lo bueno, no cabe duda que el manacorí ha desnudado al mismo Nietzsche y su afirmación sobre los españoles, “esos hombres que quisieron ser demasiado”. Pues los trofeos alcanzados acreditan su leyenda. Sin descomponerse nunca. Elegante. Humano hasta los tuétanos. Con la cordialidad del ethos griego respecto a quien la ejerce y la observa.
El dilema de nuestro tiempo radica en la capacidad de superarse. Por eso cuando el “logos –razón– ensambla con la fuerza física, la humildad y el trabajo bien hecho aparecen seres míticos que al prolongar su brazo con la raqueta escriben leyendas. Así rescata su humanismo, la segunda naturaleza invocada por Pascal, la “no-autenticidad” de Heidegger o la alienación explicada por Karl Marx. Frente a los desplantes, las envidias televisivas francesas, raquetas rotas por antagonistas, gestos malhumorados, árbitros y largos etcéteras de mentiras y violencias, cabalga como nuevo Cid por todas las pistas del mundo escuchando la profética voz del poeta: ¡En marcha!
¿Acaso –remedo a un filósofo contemporáneo–no es verdad que el problema esencial de la historia del mundo es la reconciliación del hombre consigo mismo? “No soy un superhombre –zanja el debate Nadal–, sólo soy un tenista que se entrena muchas horas…”.
