España, ¿hasta cuándo?
Es difícil contener la rabia y templar la violencia que se despierta al ver un país que se hunde, mientras los carroñeros que lo gobiernan y los que aspiran a hacerlo celebran su banquete de cadáveres. Yo no apelo a un desinterés político, al contrario, propongo una contundente declaración política expresada de la siguiente forma: urge refundar la “polis” española, comenzando, claro está, por el enquistado y tumoroso tejido de sus representantes, el cual debiera ser extirpado de raíz.
Lo que está sucediendo en España es vergonzoso, desde todos los puntos de vista. Una sociedad gangrenada por la mala administración, el servilismo de sus mandamases y el aturdimiento social, que va dando tumbos de moribundo al compás de una economía en los huesos y del ponzoñoso aliento de sus sepultureros.
Y es que España se ha llenado de sepultureros que juegan ignominiosamente con el empobrecimiento de la gente, al tiempo que hacen sus tétricas cábalas con el único fin de consolidar aún más sus ya consolidados patrimonios. ¿Hasta dónde se podrá aguantar una situación semejante? ¿Hasta dónde puede soportar un país con menos de cuarenta años de democracia y donde desde la monarquía hasta el ejecutivo, pasando por la principal oposición, han perdido toda credibilidad y autoridad moral? ¿Es que se puede hacer más por provocar la violencia social?
Prácticamente cinco millones de parados, una juventud en fuga declarada y una depresiva demografía que se ha ido convirtiendo en los últimos años, sencillamente, en una sociedad de depresión, conocedora del básico apotegma que nunca ha querido reconocer a las claras el modelo neoliberal, a saber: “si tienes más de cincuenta y no puedes consumir, es mejor que te mueras”. Algo casi idéntico a lo que decía hace poco el publicista francés Jacques Séguéla, para el cual uno ha fracasado si a los cincuenta no ha conseguido tener un reloj de esa marca. ¿Y es que no es la política de estos días una argucia publicitaria? El caso español es notorio, en este sentido, con su recua de palabrería sin convicción ni moral y su Rólex de horas contadas.
Pero esta falta de integridad y decencia entraña una falencia todavía mucho mayor: la falta de proyecto y de porvenir. Una sociedad de seres humanos no se mueve con cifras. Estas existen como etiquetas indiferenciadas que lo mismo valen para una estadística de desempleo que para un recuento de cadáveres en un genocidio. Las cifras no son más que números sin alma que nada significan si uno no es capaz de penetrar en la dramática textura humana que tocan. Es ahí donde uno sabe –porque también lo siente– que nunca será lo mismo una estadística de crecimiento económico que una situación de desesperación y penuria humanas. El crecimiento mete todo en un mismo contenedor (bancos, banqueros, pequeños empresarios, grandes multinacionales, etc.), es una abstracción capciosa que busca compendiar la realidad falsificando la vida. La desesperación, sin embargo, como momento posible de esa vida, respeta la singularidad de cada cual, sin dejar de presentar la tragedia que supone el saber que todas esas singularidades están unidas por una semejante desgracia. La eficacia de los calculadores les sugiere agazaparse tras las cifras para enmascarar el dolor. La urgencia de los adoloridos es encontrar un remedio al sufrimiento. Pero para eso hace falta proyectarse y verterse en el porvenir, tener ilusión de lo que vendrá y sabiduría para reclamar el goce como derecho de la vida en plenitud. ¿Está desapareciendo este impulso vital en el país?
Ahora bien, no confundamos el goce con la inmediata y fútil satisfacción utilitaria. El goce no es consumo fácil y ensimismado. España debiera aprender poco a poco a gozar de otra manera, a pensar de otra manera, a responsabilizarse de su rumbo quitando del medio a quienes impiden este brote de madurez, de consciencia y de justicia. Para ello tiene que saber liberarse de su ingenuidad, de su resignación y de su miedo.
Hay muchos y variados individuos en España, sin los cuales el país respiraría mucho mejor. Creemos que es justo decirlo. Pero el país tiene que decidirse a hacerlo y no vacilar, llegado el caso, de su justa rebelión y de su responsabilidad civil posterior. Pero, por ahora, esto parece aún lejos, ¿o no? Entonces, yo me pregunto: España, ¿hasta cuándo?
