LA DIMISIÓN DE UN PONTÍFICE
La dimisión del papa Benedicto XVI cogió en fuera de juego al personal. La sorpresa fue de tal magnitud que es comparable a la caída del muro de Berlín, pues nadie podía pensar que tal cosa sucediera. Desde el Siglo XV no ocurría un hecho semejante. Con lo cual, Joseph Ratzinger pasará a la historia por tal hazaña. Se dice que este papa ha dejado su sello personal, puesto que tomó decisiones que para algunos “vaticanólogos” son importantes. Como la de renunciar a la triple corona papal o al título de patriarca de Occidente, además de cambiar el sistema de elección en la curia.
También ensalzan el hecho de haber pedido perdón por las tropelías cometidas por algunos sacerdotes. Y que en los últimos días de su mandato haya reivindicado los postulados del Concilio Vaticano II. Es curioso este cambio de postura, puesto que siempre estuvo en contra de aquellos religiosos que sintonizaban con la teología de la liberación, que precisamente empezó a expandirse por Latinoamérica a raíz de aquel histórico Concilio que promoviera Juan XXIII. A lo mejor ese cambio obedece a la desaparición del sistema político creado por su paisano Marx (¡quién sabe..!).
Se rumorea que tiene muchos enemigos en la curia. En cualquier caso, nadie sabe con certeza las verdaderas causas que subyacen en la dimisión. Desde luego, uno se resiste a creer en la versión oficial del Vaticano. Es obvio que su pontificado estuvo teñido de problemas y controversias, sobre todo con los casos de denuncias contra decenas de sacerdotes pederastas. Y para rematar la faena aparece la traición de su mayordomo, Paolo Gabriele (caso “vatileaks”). Que por cierto, tampoco está claro si esa traición fue impulsada y materializada por iniciativa del propio Paolo; existen más sombras que luces en todo este turbio asunto.
Está claro que a Benedicto XVI le tocó luchar en varios frentes a la vez. Con lo cual, es muy posible que no se encontrara con la fortaleza física ni psíquica suficientes para proseguir esa lucha. Él sabe mejor que nadie, por su depurada formación intelectual, que la Iglesia necesita cambios. Y esos cambios conllevan a una renovación vertical de sus cuadros. Empezando por la curia. Incluso, más que una reforma, necesita una refundación. Un gran golpe de timón que pueda retomar los verdaderos valores del cristianismo. De lo contrario seguirá perdiendo “clientela”, sobre todo en la vieja Europa. Los cristianos de base jamás podrán comprender que desde el púlpito se proponga el amor cristiano y que al mismo tiempo la alta jerarquía, en franca contradicción con las enseñanzas del hombre que hace dos mil años hablaba a las multitudes por toda la Galilea, se posicione del lado de los poderosos.
A veces es difícil entender, que con tantas contradicciones y corruptelas habidas en su seno, pudiera haber sobrevivido durante tantos siglos. Pero en el Siglo XXI, debido a los cambios tecnológicos y la globalización de la información, su sostenibilidad se torna cada vez más complicada.
Parece ser que este papa sólo confía en sus paisanos, pues en una de sus últimas decisiones nombró a un alemán como nuevo director del Banco del Vaticano. No cabe duda que un teutón es menos dado a corromperse que un gestor italiano o español, por poner un ejemplo. Austeridad, disciplina y lealtad son conceptos altamente valorados en la cultura germana.
Desde que el apóstol Pedro ejerciera su pontificado –64 al 67 de nuestra Era– han pasado por su trono unos 265 pontífices. Y las conspiraciones en la empresa de Dios –como un gran amigo mío exsacerdote la llamaba– han estado a la orden del día. Hoy las luchas en la curia ya no son ningún secreto, todo el mundo sabe de su existencia.
Es muy posible que Benedicto XVI, al ver que sus ideas chocaban contra un muro de intereses –¡y no precisamente santos!– haya optado por marcharse y así reactivar un precedente que pueda abrir la puerta a la entrada de aire fresco. Su dimisión, aparte de ser una gran sorpresa, incrementó las simpatías en todo el mundo hacia este hombre. El tiempo dirá las causas de su dimisión.
