FIGURANTES Y FIGURONES
Es posible que si existiera una única ONG la ayuda llegaría allí donde se precisa, de una manera más eficiente. Sin embargo, no hay profesión que no tenga el añadido “sin fronteras”, ni grupúsculo samaritano que no organice alguna actividad para recaudar fondos para algún fin, sin lugar a dudas, encomiable.
Sin embargo, a la sombra de tanta y tanta gente que quiere ayudar, de tanto voluntario voluntarioso, crece una nueva especie de crápula. Es el profesional de la caridad, aquel que cada vez que hace el bien (o lo intenta), tiene que obtener un rédito. Los hay que buscan la fama, pero también existen quienes, simplemente, aspiran al beneficio económico.
Tan execrables son los unos como los otros y en estos tiempos de crisis encuentran el caldo de cultivo perfecto para su crecimiento. El problema es que existen muchísimos ejemplos de todo lo contrario. De trabajo callado y de entrega absoluta, de labor perfecta, puesto que son muchas las asociaciones que llegan allí donde las administraciones se quedan cortas.
Pero, precisamente por eso, es necesario desenmascarar a los profesionales de la limosna, a los que para recaudar cien gastan mil, cien mil o un millón, a los que lo más cerca que estuvieron de la miseria fue el día que se equivocaron al girar en una calle con su coche y casi entran en un poblado chabolista.
Son filántropos de peluquería, a la que acuden justo antes de participar en una de sus actividades. Allí se codearán con políticos y otros ejemplares de su especie, para, al final, dar el donativo ante las cámaras, que recogerán su buena acción acompañada de la mejor de sus sonrisas.
Hay quien asegura que el terrorismo surge como un mero acto propagandístico. Un acto que cuanto más brutal y descarnado, sanguinario e irracional es más repercusión mediática consigue. Reduciendo al máximo hasta quedarse con la esencia, como haría Ferrán Adriá para desestructurar su tortilla, estos seres son terroristas de la solidaridad.
Y lo peor es que parece que hay que convivir con ellos. Los tiempos no son propicios para poner mala cara ante cualquier ayuda y por eso existen. Si el Gobierno estuviera donde se le necesita, evidentemente, la acción de estos individuos sería absolutamente innecesaria.
Por supuesto que no desaparecerían. Son como ese chicle que se pega en la suela del zapato y durante días se nota en cada paso, porque te pega más de lo debido a la acera. Seguro que encuentran cualquier ámbito en el que seguir destacando, organizando y, sobre todo, figurando.
Al menos queda el consuelo de que pocos, muy pocos, consiguen engañar a alguien y, por eso, sus nombres no designan calles ni en las plazas se colocan estatuas con su busto.
