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Ellos, los funcionarios, funcionaron: policías, bomberos, sanitarios. Los profesionales a los que les rebajaron el salario, aumentaron los horarios y les recortaron las “extras”, funcionaron.
Ellos, vilipendiados por el propio Gobierno que tendría que protegerlos como un valor seguro, en los chascarrillos del pueblo llano que, por falta de cultura democrática, cree que el guardia, el enfermero y el médico, el bombero y un amplio abanico de gentes que trabajan para que el país funcione, pese a la desidia, y en muchos casos ignorancia, de sus superiores –nombrados mayoritariamente por su afinidad partidaria– y que pone de rabiosa actualidad el dicho de “que buenos vasallos si hubiera un buen señor”.
Los periódicos citando informes reservados cuentan que, por ejemplo, los servicios de auxilio tuvieron claros errores de coordinación y que el 112 (“El País”, domingo 28) tardó dos horas en decretar el estado de alerta.
Y junto a los funcionarios, el pueblo: albañiles, amas de casa, empleados de toda condición y parados, que todos a una –y por propia iniciativa– fueron la avanzadilla que auxilio a los pasajeros del ya conocido como “el tren de la muerte”.
Y es que fueron muchos los profesionales que, de baja, descansando o en período vacacional aparecieron en su centro de trabajo o acudieron, directamente, al lugar del siniestro. Y con ellos los que estaban en huelga como protesta por los recortes, que también priorizaron el servicio a los demás que el beneficio propio.
Y los ciudadanos que dieron lo mejor que tienen –su sangre– o empresarios de hostelería que ofrecieron sus instalaciones a las familias de las víctimas o a los supervivientes que no necesitaban hospitalización. Y los taxistas que levantaron la bandera de la solidaridad en lugar de la que señala el coste del kilómetro recorrido.
Esos son, señores del Gobierno, altos ejecutivos de los servicios públicos, los que conforman la marca España y que, siempre que se les necesita dan un paso al frente. En la calle, para defender los derechos sociales de ellos y sus conciudadanos o, en primera fila, cuando la solidaridad se hace más necesaria y más riesgos se corren al dar un paso adelante.
Ahora vendrán los carroñeros de siempre intentando sacudir –eludir– la culpa en el otro. Ni lo consentiremos ni lo perdonaremos. Por los muertos, por los que se jugaron la vida. Por los que de verdad funcionaron