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Nuestra Constitución reconoce y ampara el derecho de los ciudadanos a manifestarse pacíficamente y expresar cualquier idea u opinión. Por eso y por más cosas, debemos congratularnos de vivir en una sociedad libre. Sin embargo, hay quien sale a las calles con la intención de convertirlas en trincheras. Incapaces de convencer con argumentos, quieren imponerse por la fuerza. Y además son unos impostores que se autoproclaman como “el Pueblo” con mayúsculas.

Y es que el pueblo no son ellos solos. La voluntad popular no se plasma en la barricadas, se sustancia en las urnas y ahí el dictamen ha sido claro el pasado 20 de Noviembre. Independientemente de que pueda gustar más o menos, lo que procede es respetar la decisión de la mayoría. De ahí que el PP no deba dejarse amedrentar por el matonismo de una izquierda radicalizada que se ha echado al monte, incapaz de digerir su fracaso.

Ahora dicen los más extremistas que nuestra Democracia es una basura y que la Constitución ”la redactaron al alimón Franco y los Mercados”. Curiosamente son los mismos que a la vez jalean, alaban y ríen los “chistes” a dictaduras repugnantes como la cubana. Ese debe ser el “novedoso” modelo alternativo que ellos proponen a lo que llaman “las viejas recetas”. Con esos discursos inconsistentes cargados de demagogia y manipulación, no extraña que nunca consigan esa mayoría que se necesita para gobernar. De ahí que lo estén intentando por otros medios. Los del 23 F fracasaron. Estos llevan el mismo camino.