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LA SENDA DE LOS ELEFANTES

Mamuts aparte, seguro que la primera relación que tuvieron los españoles con esos bichos debió de ser cuando Aníbal se puso el mundo por montera, salió de Cartago Nova cruzó los Pirineos, los Alpes, y amenazó a Roma llegando casi hasta la cocina. En realidad lo que hizo fue agitar el avispero. Luego llegaron Escipión y Zama. A partir de ese momento el mundo cambió y a los hispanos les crecieron acueductos, vías, puentes, teatros, circos, termas públicas o cloacas. Y con ellos, el mamoneo presupuestario, las comisiones, el tráfico de influencias y los sextercios volanderos.
Existe un hotel en Inglaterra una antigua posada llamada “Elephant and Castle”. Quiere la etimología popular que tal denominación venga de la malinterpretación a oídos ingleses del título de infanta de Castilla. Según parece, la hija de algún Felipe hizo allí noche durante un viaje para matrimoniar, y tan excelso acontecimiento para los gañanes que regentaban el tugurio fue razón suficiente para que le pusiesen ese nombre. Así que una elefanta. Y de Castilla, nada menos. Luego vinieron –no sé si por su causa o por otras– rifirrafes, sopapos, hostilidades y guerras... hasta lo de Gibraltar, que con carpetovetónica indignación o paciencia, según sople el viento, los españolitos esperan a que les sea devuelto. Aquellos eran tiempos en los que, al decir de un oficioso manzanillo de Corte, las elefantas de España no tenían piernas. Aunque hoy en día para algunos diligentes plumillas lo que al parecer no tienen las elefantas son manos.
Estos animales no suelen traer buenos vientos a los dóciles españoles. El espectro de un elefante blanco bailó en aquel episodio donde un rey salió calculadamente reforzado mientras al personal se les ponían de corbata. Nadie dice quién pudo haber sido esa sombra, pero se intuye. La democracia de diseño, en la que todo cambió para que todo siguiese igual, tuvo que ser puesta a prueba y ese elefante blanco ganó la partida. Hasta que pasó lo de Botswana.
Hasta ese momento, entre trompa y trompa, todo fue bien tras un muro de complacencia. Pero se dice que la muerte de aquel pobre animal ha sido el principio del fin para una dinastía. Y por si fuera poco, además de la soberbia, a las elefantas les nacieron las manos. Bien largas, por cierto. Así que, finalmente, a los borbones se les ha caído la máscara hecha de peloteo, papanatismo y celo ¿Iban a ser distintos de sus predecesores?
Dicen de los elefantes que cuando sienten que el final se acerca, abandonan la manada y recorren en soledad un camino grabado en su memoria y que sólo ellos conocen. Acaso al lugar donde nacieron. Tal vez ha llegado el momento de que el elefante blanco abandone el grupo. Los de Aníbal llegaron hasta Roma. Le dejaron la senda marcada. Bien pudiera irse yendo. Y no solo.