PRIMAVERAS MARCHITAS
Con el estallido de las primaveras árabes, se abrió una puerta a la esperanza para millones de ciudadanos del Magreb y el Golfo pérsico. Cansados de vivir bajo tiranías de “yo ordeno y mando”, la ciudadanía se lanzó a la calle para reclamar dignidad, libertad, derechos y justicia. Fueron muchos los que, en un exceso de optimismo y tras un análisis muy superficial, dieron por hecho que estos movimientos acabarían consolidando regímenes democráticos, tal como los entendemos en Occidente.
Pero hablamos de sociedades que no son homologables a las nuestras y además, según cual sea el país, las variables que influyen en cada uno de estos procesos son diferentes, y por tanto, no procede meterlos a todos en el mismo saco. Por otro lado, hablar de primaveras en el sentido de un florecimiento democrático no parece lo más apropiado.
Como me decía Gustavo de Arístegui en aquellas charlas en el Congreso, el término correcto sería el de encrucijadas, por estar ante acontecimientos de final incierto. En definitiva, el paso del tiempo ha venido a dar la razón a los que como Gustavo, pedíamos prudencia. Año y medio después de que el mártir de la libertad Mohamed Bouazizi se inmolase en Túnez la situación en alguno de estos escenarios es muy preocupante. Así, en Libia no sabemos si ha sido peor el remedio que la enfermedad. En Egipto, la inestabilidad política sigue siendo un peligro para la región y en Siria, un tirano continua masacrando a su pueblo con el apoyo encubierto de Rusia y China.
