El valor de la decencia
Se habla de la prima de riesgo, de bancos quebrados, de políticos corruptos, de descapitalizaciones de empresas, etcétera, etcétera. Pero no se habla –o se hace muy poco– de la crisis de valores. Y todo lo anterior es una consecuencia directa de esta última. Tantas miserias humanas, junto con un autismo social como respuesta, nos están retrotrayendo a otros tiempos.
El problema que enfrentamos no es sólo financiero, que también, sino el de una crisis profunda de valores que abarca todos los ámbitos y colectivos de la vida social. Los partidos políticos y, en general, la mayoría de las instituciones que conforman nuestra democracia no respetan los códigos conducta. No deberíamos olvidar que las instituciones están formadas, organizadas y dirigidas por personas. Son ellas –con frecuencia olvidamos ese detalle– las que forman el engranaje y hacen que el sistema funcione (¡o no funcione!). Ninguna institución en sí misma es el “sancta sanctorum” de algo; lo verdaderamente importante son sus miembros.
Hace unos días que en Chipre se nombró una comisión para depurar responsabilidades –según dicen– por lo allí ocurrido. Y por experiencia sabemos que este tipo de comisiones no resuelven nada. Son como una tomadura de pelo a los ciudadanos. Digamos un vodevil teatral. Ninguna comisión, nombrada exprofeso para buscar a los responsables políticos-financieros, ha llegado nunca al fondo de lo que investiga. Y no importa la composición de sus miembros, ni siquiera los partidos que participen en ella, puesto que tales comisiones se nombran con el objeto de proyectar la percepción –¡falsa por cierto!– de que el sistema funciona. Y, ¿cuál es la razón para no llegar al fondo? Aquí –como en la navaja de Ockham– la explicación más sencilla suele ser la verdadera. Y consiste en que la mayoría de los partidos están tan salpicados por la corrupción, que en todos estos procesos investigativos se cubren los unos a los otros. Aunque el problema no es tan solo de los partidos, que también, sino de la sociedad entera. En un sistema democrático el pueblo es responsable de lo que hacen sus políticos, puesto que tiene la opción de sustituirlos e incluso de modificar las instituciones. Con lo cual, todos somos responsables.
Cuando las personas relajan la ética, adaptándola a sus personalísimas necesidades, empiezan a caminar por la vereda de la deshonestidad. Y llegados a ese punto deja de existir para convertirse en un código muerto. Recuerdo las sabias palabras del dueño de una cafetería en Esplugues (Barcelona), en la que este servidor era un asiduo cliente. Aquel hombre –el tabernero como gustaba llamarse– decía que la ética era igual que una goma, si se le forzaba demasiado acababa rompiéndose. ¡Cuánta razón tenía!
La sociedad en general –y los políticos son su fiel reflejo– está viviendo una época de confusión y desorden. Y no es por casualidad que esa misma desorientación e incapacidad de respuesta esté beneficiando a un pequeño grupo solamente. En Europa tenemos una izquierda sin brújula y a la deriva, con muchos de sus cuadros políticos desprestigiados y corroídos por la corrupción. Es una “izquierda caviar” –como le llaman en Francia– que ama compulsivamente los placeres terrenales y mundanos. Aunque a veces, hipócritamente, los critiquen con cierta vehemencia en las campañas electorales. Y al otro lado tenemos a unos grupos “bursátiles-financieros”, profundamente depredadores y oportunistas –que además nada tienen que ver con el capitalismo industrial– que se están jugando a la ruleta financiera el sustento básico de millones de familias.
Estamos viviendo en una sociedad de licántropos y oportunistas. El más fuerte se adueña del bocado más grande, aunque para ello tenga que acabar o liquidar al resto de la manada. Podemos mirar hacia otro lado, incluso ignorarlo todo, pero con ello no desaparecerá el problema. Por consiguiente, es hora de empezar a poner la decencia en valor, hacer que esté de moda. Hay que retomar los valores de la filosofía, sin ellos no puede haber civilización posible.
