Un poco de autocrítica
En una entrevista publicada el 2 de julio, la canciller alemana decía: “Tengo la sensación de que los ciudadanos de muchos países saben perfectamente cuáles fueron los errores cometidos en sus países en el pasado”.
Pero a la hora de buscar esos errores, el culpable siempre es el otro: los gobiernos anterior y actual, las administraciones, el Banco Central Europeo, el liberalismo, la intransigencia alemana, las políticas de austeridad, los especuladores y los mercados... Falta una dosis de autocrítica en políticos y ciudadanos para imputar siquiera una parte de “los errores cometidos” a nuestra propia irresponsabilidad, a la incapacidad para asumir las consecuencias de nuestros actos.
Circula por la red un documento de autoría desconocida que sostiene que una de las principales causas de la crisis es el hecho de que hayamos perdido “la actitud” de la generación de nuestros padres –la del tardofranquismo y de la transición– que fue un ejemplo de honradez, austeridad y de previsión, que se entregó al trabajo, generó prosperidad y levantó al país hasta situarlo entre las naciones desarrolladas. Era la generación sensata que gastaba con prudencia, compraba lo que podía y cuando podía, pagaba puntualmente y ahorraba para hacer frente a cualquier emergencia.
Pero esta generación, a juicio del autor o autora del escrito, cometió dos errores. El primero, “que mis hijos no trabajen tanto como trabajé yo” y el segundo fue dar a esos hijos todo cuanto pidieran, con lo cual estaba acabando con la cultura del esfuerzo y transmitiendo la idea del dinero fácil, como caído del cielo.
Con estas premisas irrumpimos nosotros –el autor o autora dice ser del 67–, la generación de los nuevos ricos, de la especulación y el pelotazo, del gasto continuo y el derroche exhibicionista, de la ingeniería financiera... Y de repente todos nos volvimos ricos a crédito, exquisitos en los gustos, entregados a la vorágine del consumo, pero endeudados hasta las cejas. Concluye el anónimo comunicante que si no somos capaces de volver a los valores con los que se construye una sociedad sostenible, nos hundiremos todos. Eso sí, cargados de reivindicaciones y de derechos.
Es una teoría nada desdeñable que tiene el mérito de hacer autocrítica para reconocer que no somos víctimas de circunstancias extrañas, sino de haber querido unas causas cuyas consecuencias pagamos ahora. Claro que hay personas –los jóvenes y los más desfavorecidos– que nada tuvieron que ver con esos errores y son quienes más padecen los rigores de la crisis.
