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LA CULPA ES DE LOS PADRES

Salieron a la calle luciendo sus corbatas nuevas con la satisfacción en la mirada y en la sonrisa. Desde el primerizo, de la mano de su pequeño por el parque, hasta el patriarca que reúne a hijos y nietos en torno a una mesa, todos celebraban orgullosos su día. Mientras, un estudio elaborado por una red social aseguraba que solo cuatro de cada diez españoles sienten cariño por sus padres.

Un rapto de rebeldía adolescente, pensé desde el primer momento. Esa etapa en la que los chavales se sienten poco menos que prisioneros, sometidos a constantes interrogatorios que años después resultan ser intentos de conversación. Respuestas rabiosas de hormonas con piernas que huyen de su viejo como gatos del agua, supuse.

Para los adultos, sin embargo, no encontré excusa. Superada la veintena, cuando el pavo va dando paso a la razón y la madurez enseña a no sentir cada comentario como una orden sino como una opinión, el rechazo se desvanece. O eso pensaba.

Firmó las escrituras del piso pensando en el patrimonio que te dejaba, te llevó de vacaciones hasta que pudiste ir por tu cuenta, se gastó el sueldo en darte una educación

Quizá toda la encuesta esté impregnada del espíritu indignado de los últimos tiempos. Y sea una vuelta de tuerca retorcida a la costumbre patria de echar la culpa al que estaba antes que nosotros. Del mismo modo que entre la clase política es práctica habitual responsabilizar al de enfrente de cuanta penuria sufra el país, puede que en más de un jovenzuelo haya calado el mensaje de que los padres, como generación anterior, son los culpables de que tenga que esforzarse más de lo previsto para disfrutar de unos privilegios que suponía otorgados al nacer. Por culpa de que papá se dejó llevar por el capitalismo en lugar de luchar por un mundo mejor, más justo, el sistema me arrincona, sin la posibilidad de encontrar trabajo. Como eligió la comodidad del coche en lugar de la bicicleta y no tuvo la precaucación de instalar paneles solares en el tejado, la gasolina está por las nubes. Por su empecinamiento en comprar un piso, que luego vendió para cambiarse a otro mejor, la vivienda está imposible.

Aunque lo cierto es que papá lo hizo lo mejor que supo. Firmó las escrituras del piso pensando en el patrimonio que te dejaba, te llevó en coche de vacaciones hasta que tuviste edad para ir por tu cuenta, se gastó el sueldo en darte una educación con la que aspirar a un buen futuro. Te compró un ordenador, un móvil. Y se levantó a las cuatro de la mañana para ir a recogerte mientras (mal)disimulabas el efecto de las copas.

Puede que creas que estás siguiendo la tradición familiar, después de ver cómo él habla del abuelo autoritario que jamás dio muestras de afecto. No te equivoques. Además de demostrar un grado de ingratitud notable, lo que haces es ejercer de víctima. Porque es más fácil decir que la culpa es de los padres.