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Decir que la corrupción es “patrimonio de todos” y que “la sociedad es tan corrupta como los partidos políticos” son sendas afirmaciones de la número dos del PP, Dolores de Cospedal, que expresan una condena sin paliativos de la falta de ética que la representante política del partido en el Gobierno reconoce y atribuye a la sociedad española, en su conjunto, y a todos los partidos políticos, en particular.
La acusación es grave, pues equivale a reconocer que la enfermedad es peor que una epidemia, ya que al referirse a “todos” sin excepción la convierte en una verdadera pandemia. Sería desolador que fuese cierto el diagnóstico de Dolores de Cospedal de que la corrupción es patrimonio de todos, cuando lo que es patrimonio de todos son las consecuencias de la corrupción.
Si, como se dice en Derecho, “a confesión de parte, relevación de prueba”, las expresiones de Cospedal son un reconocimiento de la corrupción propia y una acusación o denuncia a todos los demás, olvidando que “la carga de la prueba incumbe a quien afirma y no a quien niega”.
Culpar a toda la sociedad de corrupción es sustituir el “y tú más”, que vino utilizándose exclusivamente como arma arrojadiza, en sus discusiones, por los partidos políticos, por el “todos lo hacen”.
Atribuir a la sociedad los males de las personas es desconocer que la responsabilidad penal es personal, individual e intransferible. La sociedad la corrompen los corruptos, aunque una vez contaminada, se convierta, a su vez, en caldo de cultivo y medio favorable para que la corrupción arraigue y se desarrolle.
Tampoco es afortunada la excusa o disculpa de que la corrupción existe en todos los partidos políticos. Semejante afirmación busca refugio en el conocido proverbio de que “mal de muchos consuelo de tontos”, pensando que las desgracias y los errores no existen o son menos importantes y más llevaderos cuando comprenden a un mayor número de personas.
Ampararse en el escudo “también lo hacen los demás” expresa un sentimiento de culpa, resignación e impotencia que, como tal, parece renunciar por anticipado a remediar la situación que se reconoce y repudia.
Culpar a la sociedad de los actos lesivos o delictivos que cometen las personas, exonerando a estas de toda responsabilidad, es optar por el pensamiento de Rousseau, que en el “Emilio” afirma que “el hombre es bueno y es la sociedad la que lo corrompe”. Tesis opuesta es la de Thomas Hobbes, que en su obra “Leviatán” sostiene que “el hombre es lobo para el hombre”.
No cabe duda de que la sociedad y las personas se retroalimentan de sus virtudes y defectos, pero el origen o génesis, tanto de unos como de otros, está en la voluntad humana y de esta depende exclusivamente el que prevalezcan las primeras sobre los segundos.
En conclusión, si a la corrupción quiere aplicársele la tolerancia cero, esto solo será posible combatiendo su impunidad, incluida la posible aplicación del derecho de gracia o indulto.