Los otros
El cambio de perspectiva con que nos sorprendió la película de Amenabar titulada “Los Otros”, además de a la dicotomía fundamental existente entre vivos y muertos, podría aplicarse a otras situaciones que nos atañen a los seres humanos, en las que no sabemos muy bien quienes son los “unos” y quienes son los “otros”, dependiendo casi siempre del punto de vista que adoptemos.
En realidad, a diferencia de lo que ocurre entre estar vivos o muertos, ser o estar entre los “unos” o los “otros” en este mundo masificado resulta bastante aleatorio. Ni siquiera los factores más objetivos y cuantificables, como puedan ser la edad, la salud o la riqueza, entre otros, garantizan que alguien pertenezca siempre a un grupo o a otro, de personas libres o felices por ejemplo. Es verdad que existe una mayoría –los “unos”– a los que podemos considerar normales, porque se amoldan a los criterios imperantes y se comportan de una manera bastante similar. Se trata sin duda de las masas a las que Ortega y Gasset veía rebelarse con fuerza como hecho social novedoso hace cien años.
Como decía el famoso pensador “masa es todo aquel que no se valora a sí mismo –en bien o en mal– por razones especiales, sino que se siente como todo el mundo”, eso le proporciona cierta tranquilidad, aunque sea dentro de la mediocridad. Estas actitudes mayoritarias entran en contradicción con algo que leí recientemente en una de las obras de Ratzinger, el papa Benedicto XVI. Se trataría, según él, de “salir del ámbito de lo que todos piensan y quieren, de los criterios dominantes para entrar en la luz de la verdad sobre nuestro ser, y con esa verdad llegar a la vía justa”.
El propio Benedicto XVI acaba de darnos una buena muestra de este planteamiento con su renuncia, fruto sin duda de una actitud responsable poco habitual. Pero al margen de esta decisión personal y legítima, no deja de ser cierta la afirmación de que no siempre los criterios dominantes son los verdaderos.
No cabe duda de que, aunque a veces resulte incómodo, ser de los “otros”, de los que no piensan necesariamente como los “unos”, o sea como los demás, como la mayoría, puede llegar a ser una actitud liberadora. También puede ser prueba de autenticidad, al no depender nuestros planteamientos de los criterios cambiantes y acomodaticios de una sociedad masificada.
Como afirmaba el ya citado Ortega y Gasset “quien no sea como todo el mundo, quien no piense como todo el mundo, corre el riesgo de ser eliminado”. Los más totalitarios, en este sentido, plantean ya que determinadas manifestaciones que consideran “peculiares”, las religiosas por ejemplo, han de quedar reducidas al ámbito privado, pues la masa no ha de tolerar discrepancias peligrosas.
Manuel Recuero Astray
