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Los ecosEs el maltrato una forma de hacer entender o solo una forma de hacer acatar? Pero el acatamiento no es comprensión, pues quien comprende se “prende” de alguna manera al mundo, se hace partícipe de él, mientras que quien acata se siente excluido por lo general de esa hostil realidad a la que apenas lo mantiene unido un frágil hilo de servidumbre. Hoy se impone esa servidumbre como sacrificio y, por ello, se maltrata al individuo bajo una doble humillación: la de las deudas y la del mundo reducido a un trámite de acreedores. No se trata tan solo de lo que los hombres y mujeres se vean obligados a pagar, en el sentido más consciente y económico del término, sino de que estos hombres y mujeres se vean impelidos a perder, de la manera más inconsciente y esencial de la pérdida, la riqueza de tener un mundo.
Nos hemos acostumbrado en estos años a oír hablar de mercados, bancos, primas de riesgo, cotizaciones y recortes. Hablan los “expertos” y se olvida la humanidad de la vida, el pensamiento, la belleza, la justicia y la ética.  ¿Por qué nos dejamos arrebatar así las palabras fundamentales? ¿Por qué entregamos el diálogo primordial con la tradición al vacío monólogo de los especialistas? Nuestra mayor riqueza intelectual ha nacido de una conversación conceptual e histórica que ha dejado un depósito de ideas muy superiores a las miserias cotidianas. Sin ese diálogo histórico no podríamos hablar hoy de persona, pensamiento, hombre, ciencia, espíritu, historia, arte, etc. Simplemente, no podríamos hablar. Por eso nuestra sabiduría más clásica ha reclamado la memoria, mientras que nuestra ignorancia más reciente ha vitoreado el progreso. Pero el progreso ha fracasado, pues este suponía un camino ininterrumpido de mejorías basadas en el dominio de la Razón (con R mayúscula) sobre las cosas y todo se desmoronó cuando ese dominio se extendió a  las personas, las cuales quedaron reducidas a cosas que administrar. Por su parte, los que hoy reconocen este ocaso del progreso y manifiestan su deseo de otro mundo, frecuentemente también rechazan la memoria como una forma anticuada y conservadora de mirar el pasado y, a pesar de sus deseos, comulgan con los valores rectores de la sociedad que denuncian, festejan lo tecnológico y gritan ¡agua va! para arrojar por la ventana discusiones y conceptos que se consideran propios de una cháchara filosófica, académica y caduca.
El panorama es desolador, pues en este nuevo mercado de las ideas (pues también lo alternativo ha creado un mercado), el pensamiento se hace cada vez más difícil y toda deceleración en el ritmo de pensar es vista con suspicacia por aquellos que ven en el  rigor y en las grandes ideas, una teoría sin praxis.
Mas la esencia de lo humano es pensar y poetizar, decía Heidegger, mientras que la de la tecnología escapa a lo humano. ¡Pero Heidegger era un nazi!, dirá alguien (recuerdo que esto mismo se lo oí decir a un profesor de Historia Moderna) y todo será llevado de esta forma al silencio y a la muerte del diálogo. A esto me refiero cuando hablo de desolación, a esta clase de tópicas sentencias que anulan toda apelación a la complejidad de lo singular.
Si te interesa algo de lo que dice Gustavo Bueno eres un reaccionario, si un día caíste en Intereconomía eres un neoliberal, pero si ves a Wyoming en El Intermedio eres un progresista de izquierdas. Si escuchas a Gustavo Bueno, no puedes decir que te interesa Gianni Vattimo, y si te quedaste toda una tarde viendo Intereconomía, no puede ser que adores los Manuscritos de Marx de 1844 y, ¿cómo se te ocurre leer a Marx y repudiar la soberbia ignorancia del actor Guillermo Toledo haciendo una fúnebre alabanza de Hugo Chávez? Recluidos en este fanatismo binario, rechazamos la curiosidad de salir al camino a escuchar al otro –a quien sea– para después preguntarle, olvidando que escuchar no significa someterse, sino aceptar la precedencia de la escucha.
 Dar un paseo por la escenografía mediática de hoy –prensa, radio, televisión e Internet– es atestiguar un paisaje arrasado donde han desaparecido todos y casi todo, y donde solo suenan frías voces cuyos mensajes ya no responden a nada propiamente humano. Poco a poco, van desapareciendo las palabras y van quedando los ecos. Y los últimos ecos ni siquiera serán de belleza, justicia, alegría, amistad, sino de ajuste, presupuesto, deuda y déficit.