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En 2001, cuando Argentina vivía una aguda crisis política y económica, el senador Eduardo Duhalde alzó la voz para decir que “tenemos un oficialismo que está desarticulado, somos una dirigencia de mierda en la que me incluyo. Y la gente dice cosas peores de nosotros: nos llaman corruptos, delincuentes, incapaces...”.
“Las cosas peores” que decía la gente podían leerse en los grafitis de las paredes de Buenos Aires, muy duros contra el Gobierno y contra los políticos a los que consideraban culpables de la crisis del país. Vean dos ejemplos de los más suaves: “En Argentina tenemos los mejores parlamentarios que el dinero puede comprar”; “Prohibido robar, el Gobierno y los políticos no admiten competencia”, que además de ser una muestra de la imaginación creativa de sus autores, expresan la denuncia ciudadana contra la clase política dirigente.
¿Hay algún paralelismo entre aquella Argentina de 2001 y la España de hoy? Sé que las comparaciones son odiosas, pero a veces son oportunas y hasta necesarias, aunque no me atrevo a afirmar que los análisis del senador Duhalde y de los autores de las pintadas se puedan aplicar literalmente a lo que está pasando en nuestro país. Pero la percepción popular concluye que sí hay muchas coincidencias entre lo que entonces ocurría en el país austral y la situación de crisis total que se vive en España.
Ahora mismo los ciudadanos están hartos de escándalos –Bárcenas, los ERE, el caso Palau, la financiación de los partidos, los presuntos sobresueldos...– y están estremecidos por el desprestigio de las instituciones y por el comportamiento de los políticos que piden en Madrid lo que niegan en Andalucía y viceversa...
Hay alarma social justificada y la sensación de que la política, más que el arte de gobernar, es la forma que tienen los dirigentes para enriquecerse y crear un caos institucional generalizado. Parafraseando el texto de otra pintada, vivimos al borde del abismo y con esta “dirigencia” estamos dando un paso al frente.
Las conductas desviadas ya no parecen la excepción y el peso de las sospechas es tal que puede con la presunción de inocencia. Por eso, tanto como la confirmada comparecencia del presidente en el Parlamento, que parecía obligada, es necesaria la catarsis ética de un cambio radical de comportamiento de la casta política. Para salvar lo que queda del modelo que nos hemos dado antes de que la gente grite ¡que se vayan todos!