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En julio de 2007, la dirección de la cadena NH Hoteles quería remodelar uno de sus establecimientos de Madrid y puso en marcha una novedosa experiencia conocida como  “deroombing” para combatir el estrés. Seleccionó a cuarenta ciudadanos agobiados, les entregó un mono de trabajo y una maza y les asignó una habitación para que destrozaran todo cuanto había en ella y liberaran endorfinas para descargar sus tensiones y ansiedades.

Rescato del recuerdo aquella terapia de “vandalismo controlado” a propósito de la oleada de destrucción en varias casas de turismo rural cercanas a Santiago en las que se reúnen grupos de mocitas y mocitos para celebrar los cumpleaños y vivir también la experiencia del ensañamiento vandálico.

La casa A Ribeira do Tambre acogió una de esas fiestas destructivas y los jóvenes se ensañaron con todo en una orgía de devastación “programada” y sin muestras de arrepentimiento posterior, como revelan las fotos y manifestaciones llevadas a las redes sociales.

Visto el estado en que quedó la casa y lo que cuentan los propietarios de otros establecimientos, la sociedad tiene –tenemos– un serio problema. Por un lado, el de los padres de estos muchachos que hicieron dejación de la función de educación y no enseñaron a sus hijos la primera norma de comportamiento para vivir en sociedad, como es el respeto a los bienes ajenos.

Tampoco quedan en buen lugar los colegios, sean públicos o privados, que seguramente enseñan bien matemáticas e historia, pero son incapaces de transmitir a los alumnos educación para la ciudadanía, o su equivalente, para que sepan divertirse como personas civilizadas.

De aquellos polvos son estos y otros lodos de vandalismo incontrolado cuyos autores no son bandas de rumanos, albano-kosovares o muchachos que viven en los “banlieue” de las ciudades, ¡son de los nuestros! “En la oscuridad de la noche, llegaron los bárbaros... y eran nuestros hijos”, dice El Roto en una viñeta. Son adolescentes criados en la  abundancia adobada con una gran hipertrofia de derechos y atrofia de deberes que, por pura cuestión biológica, están llamados a ser el recambio de la propia sociedad. Para echarse a temblar.

Sería de gran utilidad para todos la lectura de “Reflexiones de un juez de menores”, de Emilio Calatayud, incluido el “Decálogo para formar a un delincuente” que, por lo visto en las casas de turismo rural, cumplimos en todos sus puntos.